Llevaba un montón de tiempo diciéndole que tenía que dejarla, que esa chica no le convenía; y cuando ella por fin le dejó yo no hacía más que decirle que era lo mejor que podía haber pasado, que a enemigo que huye puente de plata, que era mejor así, que la olvidase de una vez para siempre. Y no era capaz de entender que siguiese llorando por haber perdido a aquella arpía. Porque era realmente una arpía…
Ayer, por casualidad, vinieron a mi memoria aquellos versos de Bécquer, no sé por qué, porque es un autor al que no suelo estimar mucho, tal vez porque das una patada a una piedra y aparecen seis ejemplares de Rimas y Leyendas… El caso es que de pronto oí dentro de mi cabecita aquello de volverán las oscuras golondrinas/ de tu balcón sus nidos a colgar/ y otra vez, con el ala en los cristales/ jugando te llamarán./ Pero aquellas que el vuelo retenían/ tu hermosura y mi dicha al contemplar/ aquellas que aprendieron nuestros nombres/ ésas no volverán, y de repente me descubrí llorando; se me habían caído varias lágrimas sobre el teclado del ordenador y se estaba corriendo la tinta del papel que tenía en las manos… De golpe, entendí su dolor, sus lágrimas; entendí por qué él no me entendía cuando yo le felicitaba porque aquella arpía le había dejado… Comprendí mi torpeza, mi insensibilidad. Y de paso comprendí por qué Bécquer es un genio.
Volverán las oscuras golondrinas…, pero aquellas no volverán.