viernes, 23 de noviembre de 2007

Vanidad de vanidades

Vanidad de vanidades, todo vanidad. Ahora pienso en uno de los filósofos más importantes del siglo XX, tal vez uno de los dos o tres filósofos vivos realmente grandes, y pienso en su abandono: ahí lo tienes, sin pena ni gloria, olvidado de todos; tal vez ni sus propios discípulos acaban de entenderle…, o tal vez ni siquiera empiezan… Una de las personas que han hecho aportaciones realmente importantes; una persona que ha hecho una de las más importantes aportaciones intelectuales en la Historia del Mundo, y ahí lo tienes, condenado a una especie de ostracismo mientras nuestras teles se llenan de amantes de amigos de señoras que una vez estuvieron casadas —¿o liadas?— con un torero de segunda… Vanidad de vanidades, y todo vanidad. Por cierto, vanidad viene de vano, hueco, vacío.

24

Estos días he visto la primera temporada de la serie 24. Gloriosa. Me la dejó Vanessa y llevo todo el mes viendo un capítulo diario en vez del bodrio que dan por la tele por regla general. Lo que no sé es que voy a hacer ahora que he terminado la serie... Tendré que intentar conseguir la segunda temporada...

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<>El caso es que, además de la trama, el ritmo, el tiempo real en que transcurre la serie, se me ha quedado dando vueltas en la mente el tema del fin y los medios. Tal vez ése es el quid de toda la serie, lo que está siempre sobre el tapete, el cogollo, como diría un ribero. Porque todo el tiempo los personajes están ante situaciones en que deben tomar decisiones nada fáciles, en las que para lograr un fin bueno sólo cabe elegir medios malos o si no no se logrará ese fin... Los protagonistas, en especial Jack Bauer, el protagonista, está siempre en un ¡ay!, que dirían Cruz y Raya, está siempre in extremis, o me salto las normas —las arbitrarias pero también las éticas— o se van a cargar a un inocente... No es nada fácil. En la teoría sí, claro, en clase, con el libro en las manos, distinguiendo objeto-fin-circunstancias, pero en la situación real es tan fácil que nos ciegue un fin bueno y caigamos en la trampa de usar medios malos...

A menudo

Adictos al café por adictos al sueño; adictos al naprosin por adictos a la migraña; adictos al antidepresivo chocolate —negro, amargo, o con almendras— por adictos a la depresión; adictos a las gafas de culo de vaso por adictos a los libros; adictos al insomnio por adictos al café; adictos a la migraña por adictos al chocolate; adictos a los libros por adictos a los sueños... <>
<>A menudo así es la vida. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Alumnos del primer banco

<>Los profesores siempre hacemos bromas con los alumnos del primer banco que están tomando notas todo el tiempo, y que incluso si el profesor estornuda siguen escribiendo, y si el profesor se para y hace un chiste toman apuntes… Parece que son incapaces de discernir lo que es importante de lo totalmente anecdótico. Parece que en sus ansias por anotar absolutamente todo lo que sale en clase tienen que anotar hasta los estornudos, porque si falta cualquier detalle ¡agobio!, ¡agobio!...
Y claro, eso nos produce risa a los profesores, pero no nos damos cuenta de que tal vez, esos alumnos que tanta gracia nos hacen, que nos parecen tal vez los que menos se están empapando, son los mejores, porque en realidad no están pendientes de anotar el chiste o el estornudo del profesor sino que han sido capaces de ponerse a escribir y reflexionar por su cuenta, relacionar ideas, crear nuevas ideas, proponer cuestiones, objeciones, comentarios propios… No están tomando apuntes: están escribiendo sus apuntes.

Aportar a la sociedad

Aquel tipo tenía fama se ser bastante sabio, y un encantador de serpientes, además. Fui a verle para que me diera trabajo, porque estaba a punto de acabar mi Tesis Doctoral y tenía que encontrar una fuente de garbanzos, o sea, de ingresos. Me preguntó si pensaba publicar la tesis; le dije que sí, que desde luego era mi intención y que, aunque estas cosas siempre son difíciles, haría todo lo que está en mano. Me puse en plan humilde —porque hablar de mis logros siempre me da mucha vergüenza, salvo que los cuente como ahora, en confidencia, entre amigos— y le dije que mi interés por publicar la tesis se debía a que mi propósito había sido en todo momento aportar algo a la sociedad, ayudar a mejorar nuestro mundo, y si lo había logrado, aunque fuese mínimamente, era inadmisible dejarla escondida en un cajón, como ocurre a menudo con infinidad de tesis. Él me contestó: “te aseguro que has aportado algo a la sociedad; porque, además de lo que seguro que hay de bueno y novedoso y enriquecedor en tu tesis, el mero hecho de haberla hecho te hace mejor a ti, te ha enriquecido, te ha hecho esforzarte y tratar de ser original, te ha hecho crecer en paciencia y en conocimientos —eso siempre con las tesis—, y resulta que tú eres parte de la sociedad”.
Pensé: qué gran verdad. A menudo nos empeñamos en convertir el mundo, en darle la vuelta, en hacerlo un poco más justo, y no nos damos cuenta de que lo primero es convertirnos a nosotros mismos, hacernos mejores personas, más justos, más humanos. Hacer eso es nuestro deber y además es lo que primero está en nuestra mano de cara a cambiar la sociedad. Se nos suele olvidar que al hacerlo, al cambiarnos a nosotros mismos a mejor, estamos mejorando el mundo, porque somos parte de él y porque actuamos en él, y está claro que cuanto mejores sean los actores que intervienen en el desenvolvimiento del mundo, mejor será su intervención y mejor irá el mundo…

Comunicación ¿problemática?

<>Ayer hablábamos en el trabajo de la comunicación; a veces —a menudo— la comunicación con los profesores es complicada, gustan poco de escuchar, se las saben todas de antemano, quieren tener la última palabra. Yo, que soy profesor, no puedo decir que sea mentira... Sin embargo, me quedé enredado con lo de que la comunicación es complicada. Lo que subyacía a toda la conversación, lo que en el fondo pensaban todos allí, y tal vez yo también, es que, en general, la comunicación humana es complicada, más allá de profesores o zapateros. Y dándole vueltas me di cuenta de que, en realidad, lo complicado no es la comunicación; lo complicado es la falta de comunicación. De acuerdo que la comunicación, como todo lo humano, es imperfecta, pero lo verdaderamente problemático es la ausencia de comunicación. La comunicación, imperfecta y todo, supone un avance inmenso, una enorme solución del verdadero problema humano: el solipsismo.

De colores y pinzas de tender la ropa

Me decía: “Tú has hecho la Tesis en Estética... Seguro que me tienes que entender. No lo puedo evitar, es superior a mis fuerzas; hasta cuando tiendo la ropa en la cuerda intento que haya armonía: pongo pinzas de un color que vaya bien con la prenda que estoy colgando, e intento que, si tengo que poner dos pinzas, sean iguales —de color y de forma, que en casa tenemos treinta y dos tipos de pinzas, supongo que como en todas las casas—, y si tiendo unos calcetines marrones, los pongo con unas pinzas amarillo-ocre, y queda maravilloso, y si es el jersey del uniforme del cole del niño, que es azul marino con tiras rojas, pues pinzas azules o rojas... Y así todo, en todos los órdenes de la vida. ¡Y no puedo evitarlo...! Es como una maldición”. <> Yo le digo: “Eso, que te parece una maldición, es una bendición. Afortunado tú”.

Decíamos ayer

Me dicen: tienes que cambiar ese ayer con el que empiezas siempre las tejas, porque en realidad sería ayer cuando lo escribiste pero no es ayer del día en que se emite…

En realidad, tú y yo sabemos bien que tampoco fue ayer del día en que me puse a escribir esa teja; que cuando digo ayer es para reunir todo el pasado en lo más reciente, lo que es casi presente, no lo que no está olvidado y muerto, sino aquello que, en cierta manera, continúa aquí al ladito… Es un recurso poético, si quieres, un salirse de los detalles temporales precisos, que dan igual, y situarse en un tiempo universal, para contar una experiencia que pretende tener una semilla eterna, válida para siempre, para todos…

Tal vez te acuerdes de aquello del clásico español, que después de cinco años en prisión —injusta claro, como acabó por probarse— retornó a sus clases y retomó la lección diciendo: “decíamos ayer”.

El carro alado

En el conocido diálogo platónico titulado Fedro, el segundo más sabio de los atenienses[1] nos cuenta el mito del carro alado. Mediante esta bellísima metáfora Platón nos habla de la naturaleza humana, al hacernos imaginar el alma como un carro alado que está en el cielo empíreo, en el mundo de las ideas, en un eterno giro alrededor de la Idea de Bien, o lo que es lo mismo, en perfecta contemplación de Dios, en la felicidad cumplida —esa es la idea de perfección que expresa el autor mediante el giro, que transcurre sin salirse de sí mismo y sin acabar jamás. Más aún, para los griegos la esfera es el símbolo perfecto de la perfección, ya que puede estar moviéndose sin batir espacio exterior al que ya ocupa estando parada—. El carro alado está dirgido por un auriga, que simboliza la razón, y es tirado por dos caballos: uno negro y uno blanco. El blanco significa el apetito irascible: la tendencia a buscar bienes costosos, arduos; el negro representa el apetito concupiscible: la tendencia a los bienes inmediatos, el tirón que todos experimentamos hacia el placer que está más a mano abandonando bienes más altos pero más costosos, esa tendencia a la horizontal que tanto nos cuesta superar. <>
<>Pues bien: el dichoso caballo negro, que es un poco díscolo, tira más de la cuenta y hace que el carro se salga de su perfecta órbita bienaventurada, y el alma, el carro alado, viene a caer a este mundo y queda prisionera en este torpe cuerpo nuestro, en la limitada materia. Y para volver al lugar que le corresponde el alma debe sacar de sí lo que ya tiene dentro: el recuerdo de la Idea de Bien, su poso divino, de modo que pueda, nuevamente, elevarse a los cielos y recuperar la felicidad. <>
<>El propio Platón nos presenta esta imagen como eso: como una metáfora. Así que no hagas caso a los que dicen que para Platón la materia es mala… Lo que Platón está diciendo, creo yo, es que hay realidades más altas que las materiales; que el placer material inmediato supone una pérdida de libertad si no está en armonía con la unidad que somos, con todas nuestras dimensiones, si no está gobernada por la razón. Y además, Platón nos cuenta que nuestro lugar es la felicidad eterna de la contemplación —intelectual— del Bien en Sí Mismo. Ahí es nada, que diría un castizo.


[1] Miguel Pérez de Laborda denomina así al maestro de Platón, Sócrates. En este sentido, no está de más llamar al más sabio de los discípulos de Sócrates el segundo más sabio de los atenienses, si no es más sabio el discípulo del maestro. M. Pérez de Laborda, El más sabio de los atenienses: vida y muerte de Sócrates, maestro del filosofar, Rialp, Madrid, 2000.

Familias

¿Sabías que los padres de Sócrates se llamaban Sofronisco
—él— y Fenaretes —ella—? Eran de una pequeña población cercana a Atenas; él era escultor, o cantero, no está muy claro, y ella era comadrona, partera, en griego maietika, y aSócrates gustaba decir que su oficio era el de su madre, ayudar a dar a luz la verdad que está en nuestro interior; no imponer un conocimiento extraño al hombre, sino sacar de él la fuerza de la verdad.

¿Sabías que los padres de Platón se llamaban Aristón —él— y Perictione —ella—? Eran de una familia importante de Atenas, algo así como de Pamplona de toda la vida,con presencia y peso propio en la vida de la polis, y de he hecho a su hijo le habían destinado a la política; como los hijos de los poderosos se formaban con los sofistas, aquellos que enseñaban el arte de la retórica y a convertir el argumento más falaz en el más sólido, a Platón, que en realidad se llamaba Aristocles —Platón es un apodo por la anchura de sus espaldas— le tocó la suerte de caer en manos de un filósofo al que no le interesaba la apariencia de verdad en el debate sino la verdad misma. Era Sócrates, claro.

¿Sabías que los padres de Aristóteles se llamaban Nicómaco
—él— y Festis —ella—? Eran macedonios, de Estagira, y él era médico del rey Amintas III, padre de Filipo —el padre de Alejandro—, y luego de éste; se decía descenduiente de Asclepíades, y por tanto de Asclepio, la divinidad del arte médico; Festis también pertenecía a una familia de médicos, así que parece normal que Aristóteles heredase esa pasión por el conocimiento de los seres vivos. Como la relación familiar con la realeza macedonia era tan grande, Aridstóteles acabó convirtiéndose en preceptor de Alejandro Magno, pero más importante es de quién fue discípulo el propio Aristóteles: de alguien que le enseñó que es buen amigo Platón, pero más amiga es la verdad. Ese maestro se llamaba Platón. Claro que éste también había tenido un gran maestro...

Hacerse preguntas (y crecer)

Ayer hablábamos de esa cita de Lewis en La abolición del hombre sobre el objetivo del profesor: “no es el de talar árboles, sino el de irrigar desiertos”[1], y te comentaba que es la guía que sigo y lo que busco lograr en mi tarea docente, en toda la extensión de la palabra.
Todavía hay otra cita, esta vez del Gran Canciller de esta Universidad, Mons. Javier Echevarría, que complementa a la anterior, y que tengo, junto a la anterior, en mi mesa de trabajo, para no olvidarlo nunca. Se trata de unas palabras pronunciadas en una apertura de curso en una Universidad romana. En ese discurso se reflexiona sobre la naturaleza de la Universidad, y entre otras muchas cosas, puede leerse: “Espíritu y vocación universitaria quieren decir amor y humildad en la búsqueda de la verdad; capacidad de escuchar y de dialogar; lugares y tiempos adecuados para el estudio y la reflexión personales; saber reconocer el significado y el papel de la propia materia de enseñanza, estudio o de investigación dentro del conjunto; poseer una sensibilidad interdisciplinar adecuada, que nos haga ver la única verdad como la cima de un monte a la que es posible acercarse recorriendo caminos diversos, no raramente bastante fatigosos, pero animados todos por el mismo espíritu y dirigidos a la misma meta”[2]. <>
<>Amor, humildad, diálogo, reflexión, integración; la vida universitaria no es, no debe ser un empeño crear cabecitas chiquitas, especializadas, planas; la vida universitaria es un proyecto de vida, para siempre, mientras se es estudiante y siempre —porque el universitario nunca deja de ser estudiante, nunca deja de estudiar—. Y ese proyecto que es la vida universitaria es justo lo contrario de toda cerrazón: Universidad significa crecimiento personal.


[1] C. S. Lewis, La abolición del hombre, Encuentro, Madrid, 1994, 18.

[2] J. Echevarría, Discurso 5 de octubre de 1998, Romana, 14, 1998, 268.

Hacerse preguntas

Lewis dice en La abolición del hombre que el objetivo del profesor “no es el de talar árboles, sino el de irrigar desiertos”[1]. Me parece una frase maravillosa, y de hecho en gran medida es la guía que sigo como profesor, lo que intento.

Sin embargo hoy en día se pone mucho empeño desde las esferas de la reflexión acerca de la docencia en evitar que el alumno —es decir, el presunto estudiante— se plantee interrogantes, no vaya a ser que… ¿A ser qué?, me pregunto yo. Si precisamente eso y no otra cosa, es, a mi juicio, la docencia. Eso: conseguir que el estudiante se haga preguntas, se haga las preguntas, esas preguntas que yo no puedo responder por él. Que se haga capaz de sacar de sí mismo esa sabiduría de las dos o tres cosas importantes a las que todos estamos llamados. El profesor, como Sócrates mayéutico, ayuda a dar a luz, a alumbrar, a iluminar. Ayuda a que el alumno caiga en la cuenta de que no sabe —y ojo que caer a menudo implica hacerse un chichón—. Sólo sé que no sé nada, y si no sé eso, jamás podré conocer nada. Ésa es mi tarea: que el alumno salga de mi clase con preguntas, con inquietud, con inquietudes, con amor a la verdad, y sea así, mediante la inteligencia y el amor, dueño de sí mismo. Sólo quien se posee se puede dar. Y sólo el que se da es feliz. Que me perdonen los superexpertos en súper-nuevas-tendencias-educativas, pero la ecuación es tan simple como las que se hacían cuando —tiempos aquéllos, Señor— se aprendían mates en el cole



[1] C. S. Lewis, La abolición del hombre, Encuentro, Madrid, 1994, 18.

Maravilloso error

Maravilloso error: Sábado después de comer. Hoy, pese a ser sábado, hemos madrugado mucho —los niños no distinguen horarios de semana y fin de semana; no se sabe bien por qué, si a diario hay que despertarles a las 7,30 llega el fin de semana y a las 7 ya está despiertos—. Mi hijo de tres años no quiere irse a dormir la siesta, pero yo sí —bendito sábado—, así que, maravilloso error, le propongo irme a dormir en la otra cama que hay en su cuarto. “Así ya verás qué bien dormimos, en tu cuarto los dos”.
A él le hace tanta ilusión que me empieza a contar lo contento que está, que es la primera vez que dormimos la siesta juntos, que Javier, el de su clase, nunca duerme la siesta en el cole, y la profesora siempre acaba teniendo que regañarle; me habla de los inevitables Rayo McQueen y Winnie de Pooh, del tren de juguete, que también está durmiendo porque ha sido una mañana muy dura —yo pienso para mí: dudo mucho que le estés dejando dormir con tanta cháchara—, me habla de los tigres salvajes —supongo que para él también hay tigres domésticos, que viven en casa con sus amos y se dejan acariciar como Millán, el gato de los abuelos…—, intenta que le cuente un cuento. Al principio —y al final— le escucho encantado, pero luego decido que se tiene que callar, porque si no no vamos a poder dormir nada, y por mí casi prefiero quedarme oyéndole que dormir, pero si él no duerme la siesta a las 7 no va a haber quien le aguante, y su madre me va a echar una bronca… Así que le digo: ya está, a dormir, y luego me sigues contando cosas. Pero para él luego significa inmediatamente después, así que en cuanto me callo y cierro los ojos él sigue contándome sus maravillosas historias. Le digo que se calle, que se duerma, que me deje dormir porque papi está realmente muy cansado, que su madre le va a echar la bronca, que cierre la boca, que ya está bien, que se calle de una buena vez. Y me dice: “es que no puedo hablar en silencio”.

Primeros pasos

Estoy haciendo un curso de primeros pasos en el cole de mi hijo. Ha empezado primero de infantil —nuestro paradójico y escolarizado preescolar—, y para que no sólo se formen los nenes nos dan este curso a los padres. Interesantísimo. Lo mejor —de momento, llevamos sólo unas pocas sesiones— es que consigue desempolvar la ilusión por educar a nuestros hijos, esa ilusión que siempre está ahí pero que a veces se adormece por los afanes y las prisas de la vida. La educación de los hijos es la tarea más entusiasmante, cansada y divertida del mundo mundial. Y nadie, ni los abuelos, ni la chacha, ni el colegio, ni el Estado, pueden sustituirnos a mi mujer y a mí. Nadie. Y nada, ni el trabajo, ni las relaciones sociales, ni las aficiones particulares, ni Fernando Alonso, puede reemplazar la felicidad inmensa de estar con mis hijos, educarlos, aprender de ellos, hacerme mejor persona con ellos, gracias a ellos.
Luego llego a casa, pongo el teletexto, que es un chisme que me encanta, y veo que van a calzarnos la serie La familia mata. Desde luego, no será la mía.

Solus ipse

El otro día acabamos una teja diciendo que el verdadero problema humano no es la comunicación —pese a que conlleva innumerables problemas— sino que el problema es el solipsismo, y en realidad la capacidad comunicativa del ser humano supone una enorme —aunque imperfecta— solución a ese problema radical.
Solipsismo viene del latín solus ipse, literalmente uno mismo solo, en soledad; yo en la soledad absoluta, y el Diccionario de la Real lo define como “forma radical de subjetivismo según la cual solo existe o solo puede ser conocido el propio yo”. El colmo de la incomunicación: no hay en el Mundo nada más que yo, y si lo hubiera, no lo podría conocer, y si llegase a conocerlo, no podría entrar en comunicación con ello…
El solipsismo, en esta formulación filosófica tan radical, parece algo tan exagerado y lejano del sentido común como el nihilismo, el materialismo o el monismo. Sin embargo, el peligro de cierto grado de solipsismo nos acecha constantemente, y todos tenemos a menudo la sensación de estar solos, de que no nos entienden, de que nunca lograremos comunicar eso que tenemos dentro y que no somos capaces siquiera de decirnos a nosotros mismos de una manera articulada… A veces uno puede dejarse llevar por esta tendencia e ir, poco a poco, encerrándose en sí mismo, pero ese camino sólo conduce a la inevitable destrucción del ser humano, que, como decía Aristóteles, es zoon politikon, animal social, animal que vive en la polis, y no sólo en la polis, sino políticamente, socialmente: el ser humano no vive simplemente rodeado de congéneres, sino que necesita vivir en constante comunicación con los demás. Lo contrario, el solipsismo, es profundamente inhumano.

martes, 6 de noviembre de 2007

A x S

El tipo aquel se llamaba, pongamos por caso Ambrosio, y la que entonces era su novia, hoy madre de sus hijos, pongamos que Soledad. El era muy cívico, pero ya se sabe que el enamoramiento es una etapa de imbecilidad transitoria, como decía Ortega, y claro, nuestro personajillo estaba por aquel entonces locamente enamorado; o sea, que estaba hecho un pirado —actualmente ama a su mujer también con la cabeza—. Y en uno de esos típicos accesos de locura a Dios gracias transitoria, se le ocurrió reivindicar socialmente su enamoramiento, y se dirigió a una farola bien visible —sobre todo por la noche, en que aquella farola estaba bien iluminada por su propia bombilla brillando en lo alto— y pensó en poner un enorme A, un corazón y una tierna S mayúscula grande y esbelta. Pero se dijo: “Seamos modernos por una vez”, y cogiendo el rotulador puso la A, una X y la S, queriendo significar Ambrosio por Soledad. Pero no calculó que había puesto, literalmente “a por ése”, algo así como un grito incitando al linchamiento de ése, de ése que pasara por allí. A por ése, a por ése, que no escape, no le dejéis, atrapémosle y démosle su merecido.

Su pintada le pasó factura —ya dice el bueno de Sócrates que es peor cometer la injusticia que sufrirla— y hubo quien cumplió lo escrito y fue a por ése, precisamente a por ése, a por Ambrosio, y no le dejó escapar: Soledad. Ahora él está cambiando un pañal a su hijita mientras Sole da el desayuno al mayor. Le está bien empleado, por hacer gamberradas.

Decíamos ayer

Me dicen: tienes que cambiar ese ayer con el que empiezas siempre las tejas, porque en realidad sería ayer cuando lo escribiste pero no es ayer del día en que se emite…

En realidad, tú y yo sabemos bien que tampoco fue ayer del día en que me puse a escribir esa teja; que cuando digo ayer es para reunir todo el pasado en lo más reciente, lo que es casi presente, no lo que no está olvidado y muerto, sino aquello que, en cierta manera, continúa aquí al ladito… Es un recurso poético, si quieres, un salirse de los detalles temporales precisos, que dan igual, y situarse en un tiempo universal, para contar una experiencia que pretende tener una semilla eterna, válida para siempre, para todos…

Tal vez te acuerdes de aquello del clásico español, que después de cinco años en prisión —injusta claro, como acabó por probarse— retornó a sus clases y retomó la lección diciendo: “decíamos ayer”.

Del diario de José Buey (II)

Soñaba con ser organista en una catedral; tal vez una catedral muy menor, de segunda, incluso el suplente del organista oficial, y soñar allí, sobre el órgano, melodías imposibles, nuevas, únicas; dejar volar la imaginación y la creatividad y el talento sobre las teclas y los registros, tal vez para mí solo, en la fábrica vacía y resonante, o llena de dos viejas y su silencio bisbiseante, en penumbra, y convertirme en cantata y ser libre al fin...

De repente me di cuenta de que eso ya lo había soñado Bach, y también la extrema pobrez, y los 20 hijos, y la mujer, y la fe inmensa como un a cordillera nevada al amanecer. Y tal vez esa ase la clave.

Del diario de José Buey

Estoy parado en un semáforo. Da igual porque hay tal atasco que voy a llegar tarde de todas formas. Cuando se abra el semáforo seguiré parado, porque los coches de delante no habrán podido avanzar. Asco de ciudad, asco de lluvia. Aquí encerrado, en esta vida, con este asco de trabajo en el que nadie me valora, porque no valgo para ello, sin poder escribir nada interesante, sin dinero para comprar ni un maldito libro, sin que a nadie le interese nada de lo mío ni lo más mínimo, tirando al water mi talento, asco de vida mediocre, ninguneado por los jefes, esos imbéciles, ignorado por todos. Ni yo me valoro ya.

Pasa por delante de mí, por el paso de peatones, mientras sigo parado en el semáforo, un chico deficiente, deforme; un negro con su sábana llena de cedés y de bolsos de imitación y de sueños frustrados por las mafias y las leyes de extranjería, la chica de 20 con cáncer, el heroinómano.

Mi mente se queda callada.

Detener el corazón

Se me ocurre: nuestro corazón camina, avanzamos, retrocedemos, volvemos a avanzar. Siempre en camino. El hombre es una tarea, somos in fieri, que decían los antiguos; la libertad es don y conquista, y por eso, por más que no lo crea el tío Josemari, podemos —¡y debemos!— crecer en libertad. Somos homo viator, hombre-en-camino, que decían los monjes medievales, y por eso se retiraban a sus conventos y monasterios, alejados de lo que a ellos pudiera apartarlos del camino —a ellos, no a todos—. O como decía el anuncio de colonia, “la vida es un viaje”. Por eso tantas metáforas de la vida en la literatura con forma de viaje: desde la Odisea hasta El señor de los anillos y su periplo por la Tierra Media —no es casual que el mundo se llame, en la epopeya de Tolkien, precisamente Tierra Media: la que está entre medias, a medio camino; las tierras de penumbra de que habla su amigo Jack Lewis...—.

Pero todo viaje termina, porque si no, no es un viaje, sino un naufragio. Y el asunto está en dónde nos detenemos, dónde detenemos nuestro corazón. Dónde tocamos puerto, nuestro puerto; dónde hemos llegado cuando hemos llegado a casa. La vida, como todo lo humano, es un viaje tan paradójico que se puede estar en camino y ya haber llegado...

A la vida

Nace Almudena y te preguntas: “¿dónde traerá el libro de instrucciones?”. Justo antes de darte el alta y mandarte a la vida real, a casa con un bebé, la pediatra te da las primeras recomendaciones del alma, manual para las nuevas criaturas: no fumar delante de ella; el pecho, a demanda; en el coche, ni se os ocurra llevarla en brazos; dormir, siempre boca arriba y ladeando sucesivamente la cabeza a un lado y a otro, para que se forme bien la calota; vitamina D una vez al día.

Ala, a la vida. Con esas instrucciones y con el consolador engaño o engañoso consuelo de un “si hay cualquier cosa, si tenéis cualquier duda, me llamáis”, que los padres quieren creer, al que los padres se aferran inconscientemente conscientes de que no hay ni habrá más instrucciones de uso de Almudena, por más que se llame a la pediatra a las tres de la tarde o a las cinco de la mañana...

Eso es todo: cómo llevarla en el coche, cuándo darle el pecho, no fumar... Esas son las únicas instrucciones para la nueva vida. Ahí se agota el manual. Pura anécdota.

Almudena es una novedad tan radical —nunca ha existido ni volverá a existir otra Almudena— que no hay normas genéricas... La vida es un misterio. Cada persona es un Mundo. Ala, a la vida.

Almu

Novedad radical. Primer día de la Creación. Nuevo Mundo. Estrellas que nacen, bóveda celeste, aguas de arriba y de abajo. Luz y tinieblas. La semana y las aves del cielo y los cetáceos y las pécoras del campo y las semillas según su especie. Hierba que se despereza en la primera aurora, bajo el primer rocío. Adán que pone nombre a los animales. La brisa y el sol del primer mes de enero.

Un Mundo ha nacido. Ha surgido una novedad radical. Se reedita la Creación entera, totalmente novedosa. Surge la humanidad. Todo vuelve a nacer.

Hoy ha nacido Almudena.

Kant desayunando con mis amigos

Ocho de la mañana. Desayuno familiar antes de que la mayor se vaya al cole —este año ha empezado preescolar—.

—La madre: “Lara, me ha dicho papá que ayer lloraste cuando te dejó en clase y se fue”.

Lara: “Sí”.

—La madre: “¿Y te parece bien?”

—Lara: “Sí”.

—La madre: Pero no hay que llorar, no pasa nada, en el cole te lo pasas guay, y luego vienes encantada por la tarde…”.

—Lara: “Ya”.

—La madre: “Entonces, ¿hoy no vas a llorar cuando se vaya papi?”.

—Lara, con su pelo revuelto, un lazo azul enorme en lo alto de la cabeza, una sonrisa de oreja a oreja: “Se va papá, hay que llorar”.

Pienso en el imperativo categórico kantiano: “Hay que cumplir la norma no porque sea buena, sino porque es la norma”. Kant; una niña de tres años… “Se va papá, hay que llorar”.

Smoke sellers

Me quedé fascinado con él. Yo le conocía de vista y sabía que tenía mucho prestigio, y alguna vez nos habían presentado. Nada más; si acaso el típico hola y adiós de encuentro de pasillo. Aquel día habíamos estado escuchando la misma conferencia, y por coincidencias de la vida nos tocó sentarnos al lado a la mesa. A mí me había convencido la conferencia, pero él empezó a demostrar todas las contradicciones, puntos débiles, tópicos no analizados, incoherencias, en las que había incurrido el conferenciante. “Estos tíos son smoke sellers”,acabó diciendo. Yo me quedé perplejo. Todo lo que acababa de señalar era cierto. Me habían engañado como a un chino, y gracias a él me caía por fin del guindo. “Qué tipo tan listo —pensé—. Es que las clava. Se da cuenta de cosas que a todos se nos han pasado. Ha dado en el clavo”. Sin embargo, había un regusto extraño en mi mente, algo que no acababa de cuadrar. Nos despedimos y cada cual siguió su camino, y sólo varios días más tarde caí en la cuenta: no llevaba corbata. Con todo su golpe de gran profesor, con toda su capacidad intelectual y su bagaje tremendo, había sido incapaz de ponerse corbata para asistir a aquel congreso tan importante. Y todo cuadró: la manera hiriente en que había criticado al conferenciante, el desprecio hacia todos esos smoke sellers, sus risas hacia los que habíamos picado y nos habíamos dejado embaucar por planteamientos tan pobres…

A veces, algo tan pequeño como la corbata se convierte en señal de alarma. Tal vez la forma no sea algo accesorio al fondo; tal vez el fondeo se manifiesta en la forma.

Sólo faltaba

Ahora salen pidiendo que se respete la ley de memoria histórica igual que la beatificación de los mártires españoles que se celebró hace unos días.

Ése es el error. No hay simetría entre uno y otro acto. No se puede pedir el mismo respeto. Quien no es miembro de la Iglesia Católica tiene poco que decir sobre las medidas internas que toma la Iglesia Católica. Por supuesto, puede decir lo que quiera, pero realmente una beatificación es una medida interna: no impone nada a nadie; se limita a presentar a la sociedad lo que considera un ejemplo de vida. Ahora bien: una ley promulgada por el Gobierno es algo que nos obliga a todos: católicos, protestantes, del Betis o bebedores de cerveza. A todos. De modo que no estamos hablando de realidades parangonables cuando hablamos de la ley de memoria histórica y de la beatificación de los mártires de la Guerra Civil. Estamos en esferas distintas, inconmensurables. Pedir esa equiparación por parte de quienes están en el poder supone una conculcación de la aconfesionalidad del Estado, precisamente en la medida en que equipara algo que obliga a todos con algo que se refiere a unos determinados miembros de la sociedad que confiesan una religión determinada y que pertenecen a una Iglesia determinada.

Estaría bueno que la Iglesia no pudiese hacer público lo que le dé la gana, o proponer a la sociedad como ejemplo lo que le dé la gana. Sólo faltaba. O ¿es que sólo van a tener derecho de expresión los progres? Ahora bien: lo que hace y dice la Iglesia no tiene absolutamente nada que ver con lo que hace o dice el Gobierno. Sólo faltaba que tengamos que darle el mismo tratamiento político a una decisión de unos señores particulares que no violan ninguna ley y a una ley que se me impone y que encima es injusta, contraproducente y totalmente interesada. Sólo faltaba.

Intereses creados

Quedo con un amigo a tomar un café. Es un amigo de verdad, así que nos contamos la vida sin complejos. Me dice: “La vida está fatal, así que mi mujer se ha puesto a trabajar”. “¿Y el bebé?”, le preguntó. Contesta: “Lo cuida una señora del Este que hemos contratado. Pero para que la criatura no se críe sin su madre, mi mujer ha cogido un trabajo de media jornada. La verdad —prosigue— es que prácticamente se va todo su sueldo en pagar a la chica…”. Y sigue: “como ella necesita el coche para ir al trabajo, que está muy en las afueras, he pedido un crédito para comprarme un moto y poder ir yo al trabajo. Así que estamos que no llegamos a fin de mes…”.

Me sigue hablando pero me he quedado encasquillado con la mente: como andan justicos de dinero, ella se pone a trabajar, pero se le va el sueldo en pagar a una mujer que le cuide a la niña, y encima él se queda sin coche así que se compra una moto y resulta que desde que su mujer trabaja fuera están todavía peor de dinero… Verdaderamente en esta sociedad nuestra andamos siempre metiéndonos en una trama de complicaciones vitales que nos hemos creado a nosotros mismos, y cada paso adelante conlleva una serie de problemas que intentamos solucionar creándonos nuevos problemas… Qué mundo, éste…

Vuelvo en mí; pongo cara de que estoy siguiendo la conversación, pero él me conoce bien, y, por eso, antes de irse, me dice: puedes contarlo en las tejas, si quieres; no me importa, somos amigos…

Epikeia

Hay pocas cosas que dan tanta sensación de torpeza como unas mangas excesivamente largas. Seguro que sabes a lo que me refiero; seguro que has visto alguna vez a alguien con un buen traje o con una chaqueta bonita, pero a quien le quedan largas las mangas y se le vienen hasta la mitad de la mano, y seguro que, inevitablemente, te ha dado una mala impresión, como de inseguro, torpe, el típico sujeto que se deja arrastrar por las circunstancias en vez de conducirlas él; y eso que, tal vez, sea un sujeto muy válido y competente y no se deje arrastrar por las circunstancias; tal vez sea uno de esos tipos que no pierden nunca su tren porque son ellos mismos quienes lo conducen, pero, con esas mangas excesivamente largas, la imagen que dará será siempre la contraria…

Eso respecto de las mangas largas, porque, por lo que respecta a las mangas anchas, la realidad es muy otra, y perdóname que haga este juego y me saque de la manga la referencia, no a las mangas reales, sino a las metafóricas mangas anchas. La manga ancha da, justo al revés que la manga larga, una sensación de seguridad, de control de la situación, porque sólo quien controla puede ser magnánimo, generoso, tener manga ancha. Es lo que los griegos llamaban epikeia, esa humanización de la ley que permite ser justo más allá de los estrechos límites de la legalidad. Es el fuori legge de los italianos, el “este tenderete de pannetone no tiene licencia, pero tampoco es plan dejar a este buen hombre sin poder dar de comer a sus hijos”… La justicia es mucho más amplia que la ley, entre otras cosas porque la mayoría de las leyes no pasan de ser meras reglamentaciones humanas, arbitrarias; necesarias, sí, pero aleatorias. Porque bien podría haber sido el verde el color que indicase detenerse en los semáforos y el ámbar el de continuar… En cambio la justicia no es arbitraria: radica directamente en la índole real de las cosas. Quien es justo —que es aquél que obra la justicia— sabre obrar con justicia más allá de lo que indica la ley; el justo tiene epikeia. Pero para saber todo esto es preciso ser justo. Ya se planteaba Aristóteles el paradójico círculo virtuoso: “¿qué es la justicia? Lo que hace el hombre justo; y ¿quién es un hombre justo? El que obra la justicia”.

Educación Mágica

Por fin han aparecido las gafas del profesor Dumbeldore —que por cierto, son de mi abuela, que se las presta al sabio e insigne mago—. Estaban —las gafas— en mi coche, en el hueco ése que suele haber en las puertas, abajo, para dejar el mapa o los cedeses. Se conoce que se había dejado allí las gafas Dumbeldore cuando le llevamos a tomar cuajada a la Ulzama, para aprovechar y hablar allí, al calor de la chimenea y ante el panorama de las hayas y los robles en el esplendor del otoño, de la remodelación de los planes de estudio en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. La famosa convergencia a Bolonia, el famoso Espacio Europeo de Educación Superior: hay que determinar los créditos europeos de cada asignatura, fijar los objetivos de competencias y habilidades que los alumnos deben adquirir, por ejemplo, en Curso Monográfico de Pociones —si con esta asignatura el alumno conseguirá vencer a Voldemort o a Humperdinck, o si sólo le valdrá para ensuciarse la ropa—; hay que fijar la metodología —que no es igual enseñarla en el laboratorio de conjuros que en el campo de quidditch; mucho mejor en el campo, que al final cada año el Colegio acaba pagando una pasta en reparar los destrozos de los maguitos en el laboratorio; aunque digo yo que ya podían repararlo todo con un hechizo o una poción, y se podría convalidar como créditos prácticos—.

Claro que otro problema que despachamos también es si cada asignatura se queda así, con ese nombre, o si hay que integrarla en otra asignatura, si corresponde a alguna materia básica, área temática, módulo especializado, rama de conocimiento, árbol genealógico…

El bueno de Dumbeldore se tomó la cuajada —que le encantó—, se mareó, lanzó unos fuegos artificiales muy azufrados para descargar su tensión y acabó por perder las gafas. Ah, Bolonia, Bolonia, y el bueno de Dumbeldore… Ah, este trabajo mío en el Ministerio de Educación Mágica[1].



[1] Lo de educación mágica quiere venir a significar algo así como que la educación ésta que se nos impone-implanta es cosa de brujas, pura fábula, sortilegio, ensalmo, conjuro.

Mujeres corcho y mujeres plomo

El sabio doctor Lucas suele decir que hay mujeres plomo y mujeres corcho. Las mujeres plomo son las que irremisiblemente te hunden, y las mujeres corcho son las que, pase lo que pase, consiguen sacarte a flote. El sabio doctor Lucas recomienda siempre a sus alumnos que busquen mujeres corcho y que, cuando encuentren una, se agarren bien a ella. Sabio consejo.

También se podría decir que hay hombres plomo y hombres corcho, pero creo sinceramente que la mujer arrastra mucho más al hombre que el hombre a la mujer. Me van a llamar fascista, pero no me importa; no es la primera vez que me lo llaman. Y es que creo que un hombre puede, evidentemente, influir, para bien o para mal, en una mujer; sin embargo una mujer siempre influye muchísimo en su hombre. Qué raros mis amigos creyentes que han seguido siéndolo tras ponerse a salir con una chica progre… Qué frecuentes en cambio los que eran muy progres y liberados, algunos incluso pasotas a la antigua, o tal vez ácratas, que cayeron en las redes de una buena chica, de una chica con valores, y poco a poco fueron siendo atrapados. No sé: será cuestión de los cromosomas X e Y…

Homos

El género Homo, al que según los paleontólogos y los antropólogos pertenecemos, apareció sobre la Tierra hace 2,5 millones de años. La primera especie de este género es conocida como Homo habilis. A esta especie le sustituyó la denomina Homo erectus, hace 1millón y medio de años. Una o más subespecies del Homo erectus evolucionaron hasta llegar al Homo sapiens, cuyos restos más antiguos datan de entre hace 250.000 y 50.000 años. Su primera manifestación se llama Homo sapiens neanderthalis: el hombre de Neanderthal. Éste desapareció bruscamente hace unos 35 mil años, y su lugar fue ocupado por el Homo sapiens sapiens, la especie a la cual pertenecemos los seres humanos tal y como ahora somos. Los restos más antiguos de esta rama están fechados entre el 50.000 y el 40.000 antes de Cristo.

La historia del hombre y sus parientes es larga. Millones de años hasta llegar al homo sapiens sapiens, el que conoce, el sabedor. La pena es que, tras tantos esfuerzos de la evolución, tantos se hayan quedado millón y medio de años atrás, en el nivel del homo erectus.

Tu momento

Oigo un anuncio que dice que si estás en tal circunstancia, ha llegado tu momento. Y acto seguido te ofrece el producto que se está anunciando, que es ad hoc para ese momento tuyo que ha llegado. No sé si me explico.

El caso es que oigo lo de que ha llegado tu momento y pienso: pues sí: ha llegado mi momento. Pero no porque estoy en esa circunstancia concreta del anuncio, ni porque estoy en cualquier otra circunstancia, sino porque siempre, el momento que llega es mi momento. El mío y el tuyo. Ha llegado tu momento. Ahora, estés donde estés, en las circunstancias que sean, con la edad que tengas y en el estado en que estés. Da igual: ahora es tu momento. Y el momento que vendrá después también. Aprovecha cada momento porque cada uno es tuyo, único, irrepetible.

Ha llegado tu momento. Disfrútalo.