viernes, 23 de noviembre de 2007

El carro alado

En el conocido diálogo platónico titulado Fedro, el segundo más sabio de los atenienses[1] nos cuenta el mito del carro alado. Mediante esta bellísima metáfora Platón nos habla de la naturaleza humana, al hacernos imaginar el alma como un carro alado que está en el cielo empíreo, en el mundo de las ideas, en un eterno giro alrededor de la Idea de Bien, o lo que es lo mismo, en perfecta contemplación de Dios, en la felicidad cumplida —esa es la idea de perfección que expresa el autor mediante el giro, que transcurre sin salirse de sí mismo y sin acabar jamás. Más aún, para los griegos la esfera es el símbolo perfecto de la perfección, ya que puede estar moviéndose sin batir espacio exterior al que ya ocupa estando parada—. El carro alado está dirgido por un auriga, que simboliza la razón, y es tirado por dos caballos: uno negro y uno blanco. El blanco significa el apetito irascible: la tendencia a buscar bienes costosos, arduos; el negro representa el apetito concupiscible: la tendencia a los bienes inmediatos, el tirón que todos experimentamos hacia el placer que está más a mano abandonando bienes más altos pero más costosos, esa tendencia a la horizontal que tanto nos cuesta superar. <>
<>Pues bien: el dichoso caballo negro, que es un poco díscolo, tira más de la cuenta y hace que el carro se salga de su perfecta órbita bienaventurada, y el alma, el carro alado, viene a caer a este mundo y queda prisionera en este torpe cuerpo nuestro, en la limitada materia. Y para volver al lugar que le corresponde el alma debe sacar de sí lo que ya tiene dentro: el recuerdo de la Idea de Bien, su poso divino, de modo que pueda, nuevamente, elevarse a los cielos y recuperar la felicidad. <>
<>El propio Platón nos presenta esta imagen como eso: como una metáfora. Así que no hagas caso a los que dicen que para Platón la materia es mala… Lo que Platón está diciendo, creo yo, es que hay realidades más altas que las materiales; que el placer material inmediato supone una pérdida de libertad si no está en armonía con la unidad que somos, con todas nuestras dimensiones, si no está gobernada por la razón. Y además, Platón nos cuenta que nuestro lugar es la felicidad eterna de la contemplación —intelectual— del Bien en Sí Mismo. Ahí es nada, que diría un castizo.


[1] Miguel Pérez de Laborda denomina así al maestro de Platón, Sócrates. En este sentido, no está de más llamar al más sabio de los discípulos de Sócrates el segundo más sabio de los atenienses, si no es más sabio el discípulo del maestro. M. Pérez de Laborda, El más sabio de los atenienses: vida y muerte de Sócrates, maestro del filosofar, Rialp, Madrid, 2000.

1 comentario:

Mamá dijo...

Siempre me gustó a mí el chico éste: el segundo más sabio y también el primero, el maesto. lo tenía yo un tantido olvidado deasde que me han apartado de las altas esferas del Bac. Me has dado la oportunidad de retomarlo y sacarle un poco el juguillo.Gracias