martes, 6 de noviembre de 2007

Kant desayunando con mis amigos

Ocho de la mañana. Desayuno familiar antes de que la mayor se vaya al cole —este año ha empezado preescolar—.

—La madre: “Lara, me ha dicho papá que ayer lloraste cuando te dejó en clase y se fue”.

Lara: “Sí”.

—La madre: “¿Y te parece bien?”

—Lara: “Sí”.

—La madre: Pero no hay que llorar, no pasa nada, en el cole te lo pasas guay, y luego vienes encantada por la tarde…”.

—Lara: “Ya”.

—La madre: “Entonces, ¿hoy no vas a llorar cuando se vaya papi?”.

—Lara, con su pelo revuelto, un lazo azul enorme en lo alto de la cabeza, una sonrisa de oreja a oreja: “Se va papá, hay que llorar”.

Pienso en el imperativo categórico kantiano: “Hay que cumplir la norma no porque sea buena, sino porque es la norma”. Kant; una niña de tres años… “Se va papá, hay que llorar”.

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