Estoy parado en un semáforo. Da igual porque hay tal atasco que voy a llegar tarde de todas formas. Cuando se abra el semáforo seguiré parado, porque los coches de delante no habrán podido avanzar. Asco de ciudad, asco de lluvia. Aquí encerrado, en esta vida, con este asco de trabajo en el que nadie me valora, porque no valgo para ello, sin poder escribir nada interesante, sin dinero para comprar ni un maldito libro, sin que a nadie le interese nada de lo mío ni lo más mínimo, tirando al water mi talento, asco de vida mediocre, ninguneado por los jefes, esos imbéciles, ignorado por todos. Ni yo me valoro ya.
Pasa por delante de mí, por el paso de peatones, mientras sigo parado en el semáforo, un chico deficiente, deforme; un negro con su sábana llena de cedés y de bolsos de imitación y de sueños frustrados por las mafias y las leyes de extranjería, la chica de 20 con cáncer, el heroinómano.
Mi mente se queda callada.
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