Me quedé fascinado con él. Yo le conocía de vista y sabía que tenía mucho prestigio, y alguna vez nos habían presentado. Nada más; si acaso el típico hola y adiós de encuentro de pasillo. Aquel día habíamos estado escuchando la misma conferencia, y por coincidencias de la vida nos tocó sentarnos al lado a la mesa. A mí me había convencido la conferencia, pero él empezó a demostrar todas las contradicciones, puntos débiles, tópicos no analizados, incoherencias, en las que había incurrido el conferenciante. “Estos tíos son smoke sellers”,acabó diciendo. Yo me quedé perplejo. Todo lo que acababa de señalar era cierto. Me habían engañado como a un chino, y gracias a él me caía por fin del guindo. “Qué tipo tan listo —pensé—. Es que las clava. Se da cuenta de cosas que a todos se nos han pasado. Ha dado en el clavo”. Sin embargo, había un regusto extraño en mi mente, algo que no acababa de cuadrar. Nos despedimos y cada cual siguió su camino, y sólo varios días más tarde caí en la cuenta: no llevaba corbata. Con todo su golpe de gran profesor, con toda su capacidad intelectual y su bagaje tremendo, había sido incapaz de ponerse corbata para asistir a aquel congreso tan importante. Y todo cuadró: la manera hiriente en que había criticado al conferenciante, el desprecio hacia todos esos smoke sellers, sus risas hacia los que habíamos picado y nos habíamos dejado embaucar por planteamientos tan pobres…
A veces, algo tan pequeño como la corbata se convierte en señal de alarma. Tal vez la forma no sea algo accesorio al fondo; tal vez el fondeo se manifiesta en la forma.
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