martes, 6 de noviembre de 2007

Epikeia

Hay pocas cosas que dan tanta sensación de torpeza como unas mangas excesivamente largas. Seguro que sabes a lo que me refiero; seguro que has visto alguna vez a alguien con un buen traje o con una chaqueta bonita, pero a quien le quedan largas las mangas y se le vienen hasta la mitad de la mano, y seguro que, inevitablemente, te ha dado una mala impresión, como de inseguro, torpe, el típico sujeto que se deja arrastrar por las circunstancias en vez de conducirlas él; y eso que, tal vez, sea un sujeto muy válido y competente y no se deje arrastrar por las circunstancias; tal vez sea uno de esos tipos que no pierden nunca su tren porque son ellos mismos quienes lo conducen, pero, con esas mangas excesivamente largas, la imagen que dará será siempre la contraria…

Eso respecto de las mangas largas, porque, por lo que respecta a las mangas anchas, la realidad es muy otra, y perdóname que haga este juego y me saque de la manga la referencia, no a las mangas reales, sino a las metafóricas mangas anchas. La manga ancha da, justo al revés que la manga larga, una sensación de seguridad, de control de la situación, porque sólo quien controla puede ser magnánimo, generoso, tener manga ancha. Es lo que los griegos llamaban epikeia, esa humanización de la ley que permite ser justo más allá de los estrechos límites de la legalidad. Es el fuori legge de los italianos, el “este tenderete de pannetone no tiene licencia, pero tampoco es plan dejar a este buen hombre sin poder dar de comer a sus hijos”… La justicia es mucho más amplia que la ley, entre otras cosas porque la mayoría de las leyes no pasan de ser meras reglamentaciones humanas, arbitrarias; necesarias, sí, pero aleatorias. Porque bien podría haber sido el verde el color que indicase detenerse en los semáforos y el ámbar el de continuar… En cambio la justicia no es arbitraria: radica directamente en la índole real de las cosas. Quien es justo —que es aquél que obra la justicia— sabre obrar con justicia más allá de lo que indica la ley; el justo tiene epikeia. Pero para saber todo esto es preciso ser justo. Ya se planteaba Aristóteles el paradójico círculo virtuoso: “¿qué es la justicia? Lo que hace el hombre justo; y ¿quién es un hombre justo? El que obra la justicia”.

1 comentario:

Mamá dijo...

¡Chico, no dejas ni una sin clavar!. ¡Como me lo estoy pasando!