jueves, 6 de diciembre de 2007

Montecassino

Ayer hablábamos de que las raíces de Europa son el cristianismo y las humanidades, significadas en el Gólgota y la Acrópolis, pero también mencionábamos Montecassino, precisamente como símbolo de la reelaboración en clave cristiana del acervo grecorromano: es decir, el humanismo cristiano en toda la extensión de la palabra.

Elijo Montecassino como símbolo porque es el monasterio fundado por San Benito en 529 en el que despertó el germen de la vocación de Santo Tomás de Aquino. Tomás había nacido en el Castillo de Roccasecca, cerca de Aquino, y a los cinco años ingresó como oblato en la Abadía de Montecassino. Allí se formó hasta los catorce años, en que pasó a la Universidad de Nápoles. Luego tomó los hábitos dominicos y vinieron las estancias en Colonia y en París, y la imparable carrera intelectual del Doctor Angélico, hasta su muerte en la abadía cisterciense de Fossanova cuando se dirigía, por encargo del Papa Gregorio X, al Concilio de Lyon.

Pero Montecassino es, además, lugar de una de las más importantes batallas de la Segunda Guerra Mundial, en el avance de los Aliados sobre Roma y simultáneamente en el intento de cortar la posible ayuda de las tropas alemanas en Italia de cara al inminente desembarco de Normandía.

Pero además, Montecassino había sido un campo de prisioneros durante la Primera Guerra Mundial, y fue allí donde el más grande filósofo del siglo XX, Ludwig Wittgenstein, acabó de redactar, estando prisionero, su célebre Tractatus Logico-philosophicus, la obra más influyente del pasado siglo y que devuelve la cordura a la filosofía, o al menos abre una vía con sentido en medio de tanta filosofía sin-sentido.

Sí, definitivamente, Montecassino es uno de esos lugares simbólicos en la tradición de la verdadera Europa.

Mala estrategia

Llevo mucho tiempo convencido de que nuestra cultura se va a pique; que es insostenible, desde todo punto de vista, nuestro modo de vivir; no es sólo la contaminación atmosférica o los millones de toneladas de basura vertidos cada día; no es sólo lo insostenible del sistema de seguridad social o la dependencia absoluta de la tecnología; no es sólo la perpetua tendencia a lo inmediato y el consumo compulsivo como ansiolítico social; sobre todo es la crisis de valores, el linchamiento continuo a la familia y la religión, el envejecimiento imparable de una sociedad contraria a la vida, el abandono absoluto de las mejores instituciones sociales, la muerte de la cultura y el arte… Nuestra sociedad de usar y tirar se va al garete. Llevo tiempo viéndolo venir y oyéndolo decir.

También llevo mucho tiempo oyendo —y no sólo a los Papas— que Europa debe retomar sus raíces cristianas; que debe reencontrarse a sí misma en lo que realmente es; que, por poner sólo un ejemplo, la malograda Constitución Europea pretende obviar la verdadera tradición de Europa: el cristianismo y las humanidades, o el humanismo cristiano, el Gólgota y la Acrópolis y Montecassino y su reelaboración en clave cristiana del acervo inmenso grecorromano…

No es ninguna novedad. Sin embargo, hoy es el día en que por fin me he dado cuenta de que ambos procesos son uno y el mismo: nuestra civilización se cae, va a colapsar económicamente como está colapsando cultural y artísticamente, porque está socavando sus cimientos, que son precisamente el cristianismo y las humanidades, le pese a quien le pese…

Mala estrategia cavar un foso debajo de nuestros pies…

Superficialidad

Si la posmodernidad es el pensamiento —por llamarlo de algún modo— de nuestros días, en este mundo nuestro del bien-estar pero mal-ser, de la tecnificación y la eugenesia, y si la posmodernidad no es más que la Modernidad en plan frívolo, parece claro cuál es el problema de esta vieja Europa nuestra: la superficialidad, la vanalidad, que viene de vano, hueco, vacío. Falta hondón, falta profundidad, falta, como diría Arguiñano, fundamento. Sólo pinta lo efímero, lo pasajero, lo inmediato; aquello que está tan a mano que casi no hay ni que extender la mano para alcanzarlo, lo que está a flor de piel, lo superfluo. Pan y circo, como la Roma decadente y próxima a la caída del Imperio… Claro, a ellos como a nosotros, les faltaba fundamento, hondura, raíces. Y ya se sabe que sin raíces no puede haber flor y fruto… Normal que en nuestros días el arte y la cultura sean reality shows y el circo de la desgracia humana.

Lo superficial no aguanta si no hay un sustrato debajo. Nuestra Europa ha perdido el sustrato, a fuerza de limitarse a la superficie. Nuestra Europa tiene los días contados.

Posmodernidad

La posmodernidad es la última reedición, hasta le fecha, del programa moderno, de la Modernidad iniciada con Descartes y que tiene sus antecedentes inmediatos en Duns Escoto, Ocham y Eckhart. La Modernidad es el sueño de la razón, la utopía del progreso sin límites, la sustitución de Dios por la diosa razón, entronizada en la catedral de Nôtre Dame de París; es el afán sin fin de dominio de la naturaleza, la sustitución de la libertad por la autonomía, la filosofía de la sospecha, de la duda metódica, el abandono de la verdad en aras de la certeza, el obcecamiento en las —ideales— condiciones de posibilidad, la preocupación por el método, por el camino, sin importar en absoluto el objetivo a que tal camino conduce, la pregunta que se queda preguntando por la pregunta y olvida buscar respuesta… La Modernidad es ir a mirar por la ventana y quedarse viendo eso: la ventana, y no atender a lo que se ve a través de la ventana. Es centrarse en nuestras ideas y no en aquello que conocemos gracias a nuestras ideas. La Modernidad es mirarse en un espejo y creerse, imbécilmente, que lo real es la imagen que estoy viendo enfrente de mí…

¿Y la posmodernidad? La posmodernidad es la Modernidad en nuestros días, es un aparente intento de reacción contra la Modernidad que no pasa de ser más que un paso adelante dentro de la Modernidad. La posmodernidad es la Modernidad en plan frívolo.

Tarta de fresa

Cuando era niño ponían de vez en cuando una película de dibujos animados que se titulaba Tarta de fresa. Me hubiera dejado matar antes de confesar que me gustaba. Pero el caso es que me encantaba. Narraba la historia de una niña que —no sé muy bien por qué— viajaba a un lugar lejano separándose así de sus amigos. Y en aquel lugar lejano —tampoco sé por qué— participaba en un concurso de cocina en el que había un cocinero muy delgado y más malo que la quina. Supongo que la niña debía de cocinar una tarta de fresa, pero, fuese como fuese, el caso es que ganaba y así se abría para ella la posibilidad de regresar a su casa y reencontrarse con sus amigos. Pero entonces tendría que despedirse de los nuevos amigos que había hecho en el concurso —ya se sabe que, en los dibujos, un concurso de cocina es tal aventura que de ahí se sale con amigos para siempre—. Y entonces venía la terrible duda: vuelvo con mis viejos amigos y abandono a los nuevos o me quedo aquí con los nuevos y abandono a los antiguos… La niña —y yo con ella— lo pasaba mal, hasta que finalmente todo se solucionaba porque los nuevos amigos decidían que viajarían con ella y se quedarían a vivir en el pueblo de origen de la niña, y así todos serían felices. Y efectivamente, así acababa la película. Sin embargo, yo sabía bien que la realidad era bien distinta —tal vez por eso me gustaba tanto aquella historia— y que en verano no podía estar con mis amigos del cole y durante el curso no podía estar con mis primos… Sabía que no podemos tener todo. Ni siquiera a nuestros amigos.

Hoy sé que Tarta de fresa es verdad. El Cielo poder estar a la vez con amigos de ahora y los de entonces, los de aquí y los de allí lejos. El Cielo es una reunión, una fiesta. Como dice el anuncio de la ONCE, nada se pierde.

Tejas

Podemos mirar de tejas arriba porque vivimos de tejas abajo: la villavesa, las lentejas, los números rojos, la bañera de los niños. Todo eso, todo lo cotidiano, tiene el valor de estar justamente debajo de eso que hay de tejas arriba; tiene el valor de que puede ser iluminado por el sol porque está bajo el sol. Sin embargo, si lo que está de tejas abajo no se deja iluminar, si no alzamos a veces nuestra mirada de tejas arriba, si no contemplamos y amamos la verdad y el bien, entonces no estamos de tejas abajo: estamos de alcantarillas abajo. Y es pena…

Vanguardias y transgresiones (II)

La transgresión en arte, hoy en día, se limita a lo sexual y a lo religioso. Hoy los genios no buscan la genialidad, la originalidad, el avance, el progreso o la vanguardia. Sólo buscan el aplauso fácil. Pan y circo, decían los romanos. Nuestra sociedad del consumo es eso: pan y aire acondicionado y paracetamol y móvil con cámara integrada, y circo, mucho circo en la tele, en la prensa, en Internet. Y para los más inquietos, los listos y listillos, los cultivados o los que han tenido la inmensa fortuna de tener unos padres comprometidos con la formación de sus hijos, circo disfrazado de arete y cultura: literatura pornográfica, exposiciones blasfemas… El artista se ha vendido a la caja registradora del consumismo, y best-seller y también la obra de culto —como se dice ahora— son totalmente planos, aceptables, acomodaticios y conformistas. El arte hoy no protesta ni abre nuevos caminos. Es terrible pero, claro, tiene sus ventajas: es mucho más fácil de hacer y da mucho más dinero…

Así que, cuando oigo hablar de vanguardia y de tendencias me echo a temblar pensando en lo más retrógrado, recalcitrante y carca. Lo menos vanguardista y genial; lo más aburrido, muerto y enterrado cual la momia de Ramsés[1].

[1] A. Machado, Proverbios y cantares, XXXVII.

Vanguardias y transgresiomes

Hoy, innovar, ser original, estar en la vanguardia del arte y de la cultura es sólo ser transgresor. Sólo la transgresión es vanguardia. Bien. Se podría decir que El Quijote, en su tiempo, era transgresor; rompía lo socialmente establecido y aceptado en su tiempo, mostrando los errores de esas costumbres. Se podría decir que el Rinoceronte de Ionesco es una obra transgresora, que Antígona es una obra transgresora, que El buscón es una obra transgresora, que El grito de Munch es una obra transgresora, que Hijos de la ira es una obra transgresora… Hay mucho de rompedor, de denuncia, de grito y puñetazo en la mesa en muchas de las grandes obras de todos los tiempos. Mucho de iniciar caminos nunca hollados, esos caminos que los timoratos, los mediocres y los establecidos no se atreven a pisar. Hay mucho de queja contra lo que está mal en el Mundo, como decía Chesterton, porque el genio se da cuenta de lo que está mal en el Mundo.

Sin embargo, la transgresión hoy en día lleva, hasta donde a mí se me alcanza, sólo un par de derroteros: lo sexual y lo religioso. Hoy en día no es transgresor denunciar lo políticamente correcto. Es transgresor mostrar públicamente el sexo, en un grado u otro, pero algo en definitiva que desgraciadamente no nos es nuevo. La otra forma de transgresión en nuestros días es la de la irreverencia, la del insulto a lo religioso, ya sea en cuanto al culto, en cuanto a los creyentes o incluso directamente contra Dios. Pero, bien mirado, esto no es ninguna verdadera transgresión. Esa una falta de sentido, una cretinez y una gran ofensa, pero no es una verdadera transgresión. No al menos en el sen5tido en que El Quijote era —y es— transgresor. Y no lo es porque insultar a la religión —la que sea— o mostrar públicamente la intimidad sexual no supone enfrentarse con nuestra sociedad, una sociedad que no valora especialmente lo religioso y que no tiene reparos en el llamado erotismo. Así, difícilmente se pueden mostrar los vicios de una sociedad, si lo único que hacemos es abundar en lo que la sociedad aplaude. Qué gran mérito.

Tradición (y plagio)

Ayer hablábamos de la tradición, y me acordaba de aquello que tanto le gustaba repetir a Eugenio d’Ors: lo que no es tradición es plagio. Los postmodernos dirían más bien que toda está dicho —a lo que habría que añadir que también está ya dicho eso de que todo está ya dicho..., y así al infinito—, pero me parece que es otro el sentido de las palabras de d’Ors.

Queramos o no, como decíamos ayer, estamos insertos en una tradición. Querer negarlo es necio. Y esa tradición puede ser buena o no, puede gustarnos o no, pero es la que es, y con ella tenemos que trabajar para legarla a nuestros hijos o para cambiarla. Y en ese sentido, pretender inventarlo todo, querer obviar el hecho de que partimos de una cultura dada con un acervo y dado, es, en el fondo, presentar de original lo que no es completamente original; no reconocer que tenemos una innegable deuda, mucho mayor de lo que pudiera parecer, con nuestra cultura, con nuestra tradición. Y del mismo modo que quien roba las palabras de otro y las hace pasar por propias sin reconocer la verdadera autoría está cometiendo plagio, quien no reconoce lo que debe a su tradición, buena o mala, tuerta o jorobada, comete plagio, además de ser tan necio de creerse el primer ser humano que en la historia ha dicho algo totalmente original... Y se me ocurren algunos ejemplos, en la lengua de Mordor, que no nombraré aquí.

Tradición

Hablo con Juan Pablo de la tradición y juntos recordamos aquello de que tradición viene de traditus, lo que se entrega. La tradición no es el pasado, precisamente porque lo pasado ya ha pasado, está pasado de moda, podríamos decir. En cambio lo que no ha pasado del todo, lo que de algún modo sigue vivo es la tradición: es esa porción del pasado que se nos ha entregado porque nuestros mayores reconocieron en ella un valor, algo digno de ser heredado por sus hijos. La tradición, si es tal, está viva; no es un amasijo de fórmulas muertas o anticuadas. A su vez, nosotros legaremos, queramos o no, una tradición a nuestros hijos. Tal vez participe de lo que nosotros mismos recibimos un día; tal vez hayamos desechado todo aquello y nos limitemos a legar al porvenir una tradición reciente, totalmente nueva. Tal vez lo hagamos así, o al contrario, porque creemos en los valores que estamos entregando; porque los consideramos esenciales; porque pensamos que nuestros hijos deben poseerlos o tienen derecho a ellos. Pero tal vez ocurra que leguemos simplemente una sarta de costumbres, de convenciones, de normas políticamente correctas, que no hemos sopesado, que no hemos valorado; algo que repetimos como los papagayos y se lo endosamos a nuestros hijos, tenga valor o no... Lo malo es que me temo que la tradición que vamos a legar es, precisamente, de este último tipo...

Virtud y euroladrillos

Otra de las batallas lingüísticas que hemos perdido es la de la virtud cívica. No hay nada más clásico. La civilidad, la idea de ciudadanía, es un invento netamente clásico; es más, es uno de los grandes inventos clásicos. Si nuestra tradición no es bárbara, sino grecolatina, es, en enorme medida, por esta idea de que somos ciudadanos. Sólo desde ahí se puede articular la búsqueda del bien común o la preocupación por la educación, la famosa politeia griega.

Pero hoy, nadie habla de virtud cívica, Se oye hablar mucho de ciudadanía, pero la vieja idea de virtud, de esfuerzo y de encaminamiento hacia el bien común, está perdida. Nuestra sociedad nos impulsa a un individualismo feroz, y las estructuras de poder disfrazan sus estrategias de dominación bajo la forma de ciudadanía…

Nuestros padres, nuestros abuelos, recibieron una gran formación en urbanismo: en ciudadanía. Porque no da igual dar las gracias que no darlas cuando alguien nos sujeta una puerta. Pero hoy, cuando oímos urbanismo, automáticamente pensamos en operaciones Malaya, pufos inmobiliarios, enriquecerse fácilmente, pelotazos, bolsas de basura a reventar de euros. Virtud cívica, ciudadanía, politeia: ubi sunt, qué se fizo de ellos…

Proverbio polaco

Un día sin escribir lo notan los dedos; dos días sin escribir lo nota la cabeza; tres días sin escribir lo nota el lector.

Peter of Michael

A mediados de agostó falleció en Pamplona Pedro de Miguel. Había sido director de la revista Nuestro Tiempo y era un enorme crítico literario. Enorme por lo atinado —y afinado— de sus críticas, por su humor, por su buen gusto literario, por su ingente conocimiento de la literatura universal y del mercadeo actual, también el de la litero-basura best-seller. Y sobre todo, era un sabio. Sabio en el mejor sentido de la palabra: el que sabe de verdad, el ha vislumbrado los destellos del sentido de la vida, la unidad profunda del Universo, la clave amorosa de todo.

Últimamente tenía un blog sobre letras y noticias y fútbol e ironías. Una entrada al día. Sabía a poco. Letras enredadas[1] se llama. Todavía está accesible, por si quieres echarle un ojo. En el blog paseaba a su perro virtual, Puppy, que se ha quedado sin amo. Creo que voy a sacarlo a pasear yo, es decir, que voy a intentar tener presente todo lo que Peter significaba, voy a procurar tener presente su legado, voy a trabajar en la misma línea en que Peter trabajó y luchó, con ese mismo afán que ambos compartimos y que él tan bien encarnó. Pasearé a Puppy, Peter, no te preocupes.
[1] http://www.bestiario.com/letras/

Tener miedo o abrir la puerta

No sé qué genio dijo el otro día que el miedo es libre. Desde luego, será el suyo, porque lo que es el mío no es libre en absoluto. Yo no elijo a qué tener miedo, ni cuándo sentirlo. El miedo más bien me esclaviza, es algo que no depende de mí, se escapa de mi control y me quita libertad. Además el miedo es lo contrario de la verdad, que es la que nos hace libres. El miedo nos esclaviza precisamente porque es falta de conocimiento. Tememos aquello que desconocemos. Lo que conocemos nos puede inspirar desagrado, rechazo, dolor, pero no miedo.

Mi abuela le decía a mi madre, cuando ésta era pequeñita y tenía miedo, que el miedo es esto: y abría una puerta. El miedo es eso: es lo que hay al otro lado de la puerta. Propiamente no es nada; es el no saber lo que hay lo que nos produce miedo. Tal vez haya algo bueno, o tal vez algo terrible, pero el miedo nos lo produce precisamente el desconocimiento.

No. El miedo no es libre. Libre es el conocimiento, que es el antídoto del miedo. Cuando tengas miedo, abre la puerta.

No hay mucho más

Tal vez hayas visto Viven, la película que narra la aventura de aquellos jugadores de rugby uruguayos que se quedaron perdidos en mitad de los Andes cuando el avión que los llevaba a Chile para jugar un partido se estrelló contra un pico de la cordillera. La película, como el libro, es maravillosa, y toca temas de una profundidad antropológica enorme. Al final de la película, el narrador dice: “Y no hay mucho más que contar”. No está mal la frase, como quitando importancia a una aventura tan tremenda. No hay mucho más que contar; es poco lo importante…

Un sabio profesor decía el otro día que tenemos que ser expertos en el corazón humano. Tenemos que conocer a fondo cómo somos, nosotros mismos y los seres humanos que nos rodean; tenemos que ser expertos en los anhelos y sentimientos y dolores del corazón humano; tenemos que saber bien qué es lo que ese corazón busca. Tenemos que ser hermanos de los hombres. Porque, al final —y esto ya lo digo yo—, como decía el narrador de Viven, no hay mucho más. En este mundo, en esta vida, no hay mucho más que el amor.

In fieri

Los clásicos decían que los hombres somos in fieri, literalmente que estamos en marcha, que estamos haciéndonos, que no estamos acabados, que somos abiertos. Hoy, los horteras modernos dirían que somos seres under construction.

Detener el corazón

Se me ocurre: nuestro corazón camina, avanzamos, retrocedemos, volvemos a avanzar. Siempre en camino. El hombre es una tarea, somos in fieri, que decían los antiguos; la libertad es don y conquista, y por eso, por más que no lo crea el tío Josemari, podemos —¡y debemos!— crecer en libertad. Somos homo viator, hombre-en-camino, que decían los monjes medievales, y por eso se retiraban a sus conventos y monasterios, alejados de lo que a ellos pudiera apartarlos del camino —a ellos, no a todos—. O como decía el anuncio de colonia, “la vida es un viaje”. Por eso tantas metáforas de la vida en la literatura con forma de viaje: desde la Odisea hasta El señor de los anillos y su periplo por la Tierra Media —no es casual que el mundo se llame, en la epopeya de Tolkien, precisamente Tierra Media: la que está entre medias, a medio camino; las tierras de penumbra de que habla su amigo Jack Lewis...—.

Pero todo viaje termina, porque si no, no es un viaje, sino un naufragio. Y el asunto está en dónde nos detenemos, dónde detenemos nuestro corazón. Dónde tocamos puerto, nuestro puerto; dónde hemos llegado cuando hemos llegado a casa. La vida, como todo lo humano, es un viaje tan paradójico que se puede estar en camino y ya haber llegado...

Convertibilidad de los trascendentales

Los clásicos hablaban de la convertibilidad de los trascendentales: la belleza es lo mismo que el bien y que la verdad, porque en realidad no son nada más que el ser visto desde diferentes ángulos, y lo que es el bien para la voluntad es la verdad para el intelecto y es la belleza para la sensibilidad.

Es lo que en los pueblos expresan perfectamente cuando ven a un niño y le dicen a su madre: “qué hermoso está”. Con hermoso están queriendo decir que está gordote, y por tanto que está sano, y que está muy guapo —lo que solemos entender por hermoso—, porque para la gente de los pueblos es evidente que si un niño está rollizo es señal de que está sano, y esa salud se nota en lo bonito que está el niño. Está guapo porque está sano, igual que el niño enfermo está necesariamente feo, tiene mala cara. Ocurre lo mismo con la palabra pulcro, que los romanos empleaban para decir belleza —el trascendental pulchrum—, y que nosotros empleamos para decir que algo es bello pero también para decir que algo está limpio, aseado, cuidado. La palabra pulcro vale tanto como decir que si vas bien arreglado vas guapo. Con conceptos así se ve claramente que la frontera entre la ética y la estética no es tajante.

Y es que la verdad y la belleza y el bien son lo mismo. Sólo depende desde dónde miremos.

Mi hijo, el aristotélico

Generalmente los niños preguntan por qué a partir de una determinada edad. Es genial, porque esos pequeños filósofos nos enseñan a admirarnos, a preguntarnos por la realidad, a no dar nada por supuesto, a utilizar nuestra cabeza… Pero, al mismo tiempo, es agotador, porque, les contestes lo que les contestes, siempre pueden preguntar el porqué de ese porqué… Habría que remontarse a la Causa Primera, en plan las Vías de Santo Tomás, pero no creo que ningún padre del mundo tenga el tiempo y paciencia necesarias… Tal vez, incluso los niños se cansarían antes de llegar al porqué que no tiene porqué. Quizás el Principito tendría tanta paciencia, porque ya se sabe que jamás olvida una pregunta, e insiste e insiste hasta que el buen aviador le responde…

El caso es que mi hijo, no sé por qué será, nos ha salido filósofo, y en lugar de preguntar por qué, ha empezado a preguntarnos para qué. Es la pregunta teleológica: la pregunta que se pregunta por el fin, por la finalidad de las cosas, porque parte de la constatación primera de que todo tiene algún sentido, algún fin, algún para qué. No hay nada que ocurra sin perseguir un objetivo, y la manzana que cae busca, sin saberlo, ahorrar energía gravitatoria y perpetuar su especie y enriquecer la riqueza del Mundo… Este modo de proceder, preguntando el para qué de las cosas, era el que seguía el gran Aristóteles, y por eso a su filosofía se la denomina teleológica, del griego teloς, fin, el fin que está dentro de la propia acción, presente en el propio actuar, en la propia naturaleza de quien actúa. Aristóteles ve que todo movimiento —transeúnte o no— lleva a un nuevo acto, a una perfección, y que las sustancias operan conforme a su modo de ser, ordenadamente, y que la naturaleza no hace nada en vano, y todo ello le lleva a pensar, acertadamente a mi juicio, que el Mundo tiene orden divino, que Alguien debe haber que sea el autor de ese orden y el imán último al que tiende toda la realidad por ser el Sumo Bien, el Ipsum Esse Subsistens, el Ser.

De igual manera, el niño que crece lo hace porque su propia naturaleza está llamada a ser un adulto, a haber crecido, a ser eso mismo pero perfeccionado. Y así, el niño que pregunta para qué está, en el fondo, cumpliendo con su para qué.

Mi Collioure

Serrat cantó a Machado, magistralmente, en un disco. Le cantó porque cantó poemas de Machado, lo que vale como decir que cantó al porpio Machado, porque lo que hay en la poesía de Machado no es sino Machado mismo. Pero además cantó a Machado en ese otro sentido que solemos dar a esta expresión: le dedicó un canto. En ese disco, en ocasiones desliza Serrat versos suyos entre los del poeta, pero hay una canción, cuya letra es enteramente de Serrat, que es un homenaje a Machado; a sus últimos días y a toda su vida, tal vez compendiada en esos amargos últimos días. Se titula, como no podía ser de otro modo, Collioure.

Uno de los versos más tremendos dice: “Miró hacia atrás y no vio más que cadáveres”. Evidentemente, la canción está hablando de la situación de la España en plena Guerra Civil que Machado está dejando a su espalda con su exilio a Francia, a Collioure. Pero, al margen de eso, me estremece pensar en mirar atrás y no ver más que cadáveres. Ojalá en mi vida, cuando mire atrás, no vea más que vida. Que el fruto de mi vida no sean éxitos, logros, aplausos, papeles muertos, cadáveres, sino un reguero de vida.

Peltre

Tal vez sepas la anécdota aquella del mendigo que iba a comer a una casa de caridad, y sacaba de su gabán una cuchara de peltre, la acariciaba, la miraba con codicia —¡y eso que era suya!—, la volvía a guardar a hurtadillas para que nadie se la intentara arrebatar... ¡Su tesoro!, como Gollum...

A mí esto me hace pensar... El peltre no es plata, aunque se le parece: es una aleación de cinc, plomo y estaño, según el Diccionario de la Real, y es más barato que la plata, por lo que se usa para sustituirla. El mendigo aquel veneraba una cuchara que ni siquiera era plata: parecía plata pero era una baratija. A menudo me parece que las cosas materiales, con todo su brillo, su valor, su utilidad, con toda la gloria de Dios que entonan por el mero hecho de existir, no son sino peltre. Parecen plata, parecen...

Intelectuales al uso

Hay otra estrofa del poema del If de Kipling que siempre me ha gustado mucho, más allá de que todo el poema es maravilloso. Se trata de aquellos versos que anteceden justamente a los que ayer comentamos, y dicen así: “Si sueñas, y los sueños no te hacen su esclavo / si piensas y rechazas lo que piensas en vano”[1]. Difícil tarea ésta. No recuerdo qué filósofo dice en algún lado que el intelectual al uso es un señor que se cree todo lo que se le ocurre. Exactamente lo contrario de lo que proponía Kipling. Y qué gran verdad es ésta. A todos se nos ocurres cientos de cosas al día, pero sólo el intelectual se cree que son verdad, que entroncan decisivamente con toda una teoría del mundo, que son verdades profundas o grandes descubrimientos, y, siempre, caminos no pisados antes por mente humana alguna. Hace falta ser ingenuo, soberbio y cegato, pero el intelectual se lo cree. Y encima, en muchos casos —la mayoría, desgraciadamente— es un relativista de tomo y lomo y así te quita la razón dándotela —al tiempo que se la da también a lo contrario de lo que tú dices—. Todo vale porque no hay verdad; ahora, eso sí, las ideillas que se me ocurren a mí son auténticas genialidades y verdades últimas. Paradojas de los intelectuales. Y que conste que yo me estoy creyendo esto que estoy diciendo… ¿Seré yo también un intelectual?

[1] “If you can dream--and not make dreams your master / If you can think--and not make thoughts your aim”. R. Kipling, If.

Triunfos y fracasos

Llevaba tiempo queriendo hacer una teja sobre el poema del If, de Rudyard Kipling. Tú me dirás que menuda casualidad, ahora que ha aparecido un anuncio en la tele en el que se oye una voz en off recitándolo, con la banda sonora de Tiempos de Gloria —la película de Edward Zwick— de fondo, y mientras se ve al inmenso Dani Pedrosa cayéndose y triunfando. El anuncio es realmente memorable, aunque utilice una traducción del poema que, pese a ser más fiel, no es la traducción a la que todos estamos acostumbrados; ésa que tenía en su escritorio Aznar y antes que él, José Antonio.

Pues el anuncio y mi intención de glosar el poema es casualidad: te podría enseñar mi agenda y verías que hace meses que lo tengo apuntado en la tronera de tejas —ya sabes que agenda significa en latín lo que hay que hacer—. Y para mayor casualidad, lo tenía previsto precisamente para hablar del par de versos que se reflejan mejor en el anuncio, con las imágenes de los accidentes de Dani y de sus podios: “si te encuentras el triunfo y te encuentras la derrota / y a los dos impostores les tratas de igual forma”[1]. No dormirse en los laureles y emborracharse de las mieles del triunfo y, sobre todo, de las mieles del fracaso. Es tan fácil quedarse rumiando la propia pena por haber fracasado… Mucho más difícil es no emborracharse de fracaso que tener los pies en la tierra después del éxito. El poema concluye con el fruto de todos esos condicionales: si has logrado todo eso que propone el poema, serás hombre. Hoy sé que ser hombre consiste —también— en “perder y comenzar otra vez desde cero / sin dejar escapar de la boca un lamento”[2].
[1] “If you can meet with Triumph and Disaster / And treat those two impostors just the same”. R. Kipling, If.
[2] “And lose, and start again at your beginnings / And never breathe a word about your loss”. R. Kipling, If.

Tenores huecos

En ese poema autobiográfico titulado Retrato —aquel que comienza “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”— dice Machado: “desdeño la romanza de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos / y escucho, solamente, entre las voces, una”.

Se para uno un momento a escuchar tantas cosas como constantemente se oyen y descubre listillos, burócratas, espabilados que viven del cuento del pedaleo-pedorreo y no hacen absolutamente nada más que liar fardos pesados sin mover siquiera el meñique, especialistas muy muy especializados, vendedores de humo, fenicios de la estafa intelectual, timadores de libro y trileros de conferencia, con sus honoris causa y su tocomocho, prebostes, magnates, enterados, culturetas andantes, encantadores de serpientes, más hueros que la zapa y más hinchados que el pez globo después de hincharse a cocacola…

Pero, eso sí, siempre todos ellos con un discurso —tenores huecos, coro de grillos— que se llena de palabras ampulosas y de discursos elaborados, crípticos pero elaborados, y de expresiones que ellos mismos desconocen y sobre todo de tecnicismos, muchos tecnicismos sólo aptos para iniciados, pedantes, sofistas, cuentistas, vividores que nos amargan la vida. Y se creen satisfechos —satis: lleno— y no vacuos porque están llenos de sus palabras y mentiras. Pero vale tanto como estar lleno de nada, repleto de flatus vocis, saturados y colmados y ahítos de vacío cuántico. “Vanidad de vanidades, y todo vanidad”[1].
[1] Eclesiastés, 1, 2.

Relativos

Cada día me doy más cuenta de que los asuntos humanos son muy relativos. Evidentemente no todo puede ser relativo, porque si todo es relativo no es relativo sino una verdad absoluta que todo es relativo. Es como decir “todo es mentira”, en cuyo caso también es mentira que todo es mentira, luego es mentira que todo es mentira… Son las clásicas aporías, en las que el mero hecho de darlas por ciertas las convierten en falsas…

Sin embargo, los asuntos humanos son profundamente relativos, porque todo lo que hacemos y decimos está condicionado por nuestra parcialidad. Ortega decía que lo que yo veo depende de la posición en la que están mis ojos, y para que alguien vea lo que yo veo se tiene que poner en el lugar en que estoy yo, y por tanto yo tengo que cambiar de posición. Las cosas son como son, pero mi percepción de las cosas siempre es limitada y parcial, condicionada y a menudo errónea. En el mundo en que generalmente nos movemos, que tiene base material pero está mucho más allá de la materia, las cosas son muy relativas, porque ¿hay algo más relativo que tener números rojos en el banco? Es tan fácil argumentar una cosa y la contraria que a menudo nos resulta muy difícil saber por dónde va la verdad y más bien nos atenemos a lo que nos suena más, a lo que se parece más a nuestras ideas previas, o a lo que produce mejores resultados. Esta estrategia pragmática es bastante adecuada, porque al final sabemos de las cosas por sus efectos. Ya dice el adagio clásico que por sus frutos los conoceréis…

Pero en cualquier caso, esta dificultad para la verdad, y esta posibilidad real de alternativas válidas en que nos movemos —por qué va a ser mejor tal cosa que tal otra…— hace que nuestro mundo sea campo abonado para los sofistas. Tal vez nuestra única salida es cuidar la propia honestidad intelectual.

Madurar

Creo que ya he comentado alguna vez que mi maestro decía que madurar consiste en detenerse a mirar y a admirar el paisaje de cuando en vez; madurar consiste en conculcar la tiranía del reloj y del teléfono móvil; madurar consiste en tener libertad interior; madurar no es hacerse mayor, haber crecido, haber alcanzado la madurez, sino que es seguir creciendo, hacerse consciente de que tenemos que seguir madurando. Y para hacerse consciente de ello y para llevarlo a cabo, es decir, para seguir madurando, nada como pararse a contemplar el paisaje de cuando en vez, nada como librarse del demonio que vive en el reloj y en el teléfono móvil, nada como ser libre interiormente aunque por fuera haya horarios y citas y compromisos que nos atenacen aparentemente pero que en realidad son ocasión para crecer en libertad. Y para madurar, y para crecer en libertad, nada como tener un buen maestro. Suerte la mía.

Laicismo

Cuando hablamos de una sociedad laica parece que estamos hablando de que el Estado no debe ser confesional, no debe confesar ninguna fe, precisamente para que los individuos, sociedades e Iglesias que forman esa sociedad puedan practicar cualquier creencia religiosa, lo que parece la base del respeto a la libertad que se debe exigir en cualquier democracia.

El problema está en que cuando hablamos de laicismo no estamos hablando de eso. Eso es que el Estado sea aconfesional; en cambio un Estado laico y laicista es el que busca encerrar lo religioso al ámbito de la esfera privada. Es un Estado para el que la religión no es admisible en el seno de la vida social. Es un Estado directamente en contra de las creencias religiosas y de la libertad para practicarlas. Un Estado laicista no es un Estado aconfesional, sino confesional: confiesa una opción religiosa, que es precisamente la de la negación de la religión. Y si es bueno que el Estado sea aconfesional es precisamente para que yo pueda ser ateo si quiero, y no porque me lo manda el gobierno de turno. Esa es la base de la aconfesionalidad: que yo, ciudadano individual, pueda practicar o no según quiera lo que yo quiera, en público o en privado, porque no hay ninguna opción que se solapa totalmente con el Estado, de modo que hay margen para la libertad religiosa.

Pero claro, hoy en día todos pensamos que lo bueno es el laicismo, que evita que los Estados impongan religiones oficiales e incurran en fundamentalismos... Una vez más, nos han ganado la batalla del lenguaje.

José Luis

Me dice José Luis: “Es un alivio esto de que nos digan que cuando llegue la adolescencia nos parecerá que lo hemos hecho todo mal, pero que cuando pase podremos ver que lo que estamos sembrando ahora ha dado su fruto”. José Luis está haciendo conmigo un curso sobre la educación de los niños de 0 a 3 años. Muy sabiamente me sigue diciendo: “Me da la impresión de que nuestra tarea ahora es un poco como la de los arquitectos japoneses. Allí hay terremotos enormes, así que, cuando se sientan a diseñar un edificio, tienen que prever que habrá terremotos y que, aunque se noten mucho en las partes altas del edificio, la estructura aguantará y no se vendrá abajo. Nosotros ahora estamos educando a los niños, y tenemos que conseguir que cuando llegue el terremoto de la adolescencia, que llegará, y que pondrá a todo el edificio a dar bandazos, y que parecerá que se va venir abajo, en realidad sea sólo eso, una gran convulsión. Sí, pero que no consigue deformar la estructura, de modo que al final el edificio siga en pie, y si acaso se hayan venido abajo los cuadros que decoraban las habitaciones, pero nada más”. Un sabio, este José Luis, y un gran padre.