jueves, 6 de diciembre de 2007

Detener el corazón

Se me ocurre: nuestro corazón camina, avanzamos, retrocedemos, volvemos a avanzar. Siempre en camino. El hombre es una tarea, somos in fieri, que decían los antiguos; la libertad es don y conquista, y por eso, por más que no lo crea el tío Josemari, podemos —¡y debemos!— crecer en libertad. Somos homo viator, hombre-en-camino, que decían los monjes medievales, y por eso se retiraban a sus conventos y monasterios, alejados de lo que a ellos pudiera apartarlos del camino —a ellos, no a todos—. O como decía el anuncio de colonia, “la vida es un viaje”. Por eso tantas metáforas de la vida en la literatura con forma de viaje: desde la Odisea hasta El señor de los anillos y su periplo por la Tierra Media —no es casual que el mundo se llame, en la epopeya de Tolkien, precisamente Tierra Media: la que está entre medias, a medio camino; las tierras de penumbra de que habla su amigo Jack Lewis...—.

Pero todo viaje termina, porque si no, no es un viaje, sino un naufragio. Y el asunto está en dónde nos detenemos, dónde detenemos nuestro corazón. Dónde tocamos puerto, nuestro puerto; dónde hemos llegado cuando hemos llegado a casa. La vida, como todo lo humano, es un viaje tan paradójico que se puede estar en camino y ya haber llegado...

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