En ese poema autobiográfico titulado Retrato —aquel que comienza “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”— dice Machado: “desdeño la romanza de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos / y escucho, solamente, entre las voces, una”.
Se para uno un momento a escuchar tantas cosas como constantemente se oyen y descubre listillos, burócratas, espabilados que viven del cuento del pedaleo-pedorreo y no hacen absolutamente nada más que liar fardos pesados sin mover siquiera el meñique, especialistas muy muy especializados, vendedores de humo, fenicios de la estafa intelectual, timadores de libro y trileros de conferencia, con sus honoris causa y su tocomocho, prebostes, magnates, enterados, culturetas andantes, encantadores de serpientes, más hueros que la zapa y más hinchados que el pez globo después de hincharse a cocacola…
Pero, eso sí, siempre todos ellos con un discurso —tenores huecos, coro de grillos— que se llena de palabras ampulosas y de discursos elaborados, crípticos pero elaborados, y de expresiones que ellos mismos desconocen y sobre todo de tecnicismos, muchos tecnicismos sólo aptos para iniciados, pedantes, sofistas, cuentistas, vividores que nos amargan la vida. Y se creen satisfechos —satis: lleno— y no vacuos porque están llenos de sus palabras y mentiras. Pero vale tanto como estar lleno de nada, repleto de flatus vocis, saturados y colmados y ahítos de vacío cuántico. “Vanidad de vanidades, y todo vanidad”[1].
[1] Eclesiastés, 1, 2.
Se para uno un momento a escuchar tantas cosas como constantemente se oyen y descubre listillos, burócratas, espabilados que viven del cuento del pedaleo-pedorreo y no hacen absolutamente nada más que liar fardos pesados sin mover siquiera el meñique, especialistas muy muy especializados, vendedores de humo, fenicios de la estafa intelectual, timadores de libro y trileros de conferencia, con sus honoris causa y su tocomocho, prebostes, magnates, enterados, culturetas andantes, encantadores de serpientes, más hueros que la zapa y más hinchados que el pez globo después de hincharse a cocacola…
Pero, eso sí, siempre todos ellos con un discurso —tenores huecos, coro de grillos— que se llena de palabras ampulosas y de discursos elaborados, crípticos pero elaborados, y de expresiones que ellos mismos desconocen y sobre todo de tecnicismos, muchos tecnicismos sólo aptos para iniciados, pedantes, sofistas, cuentistas, vividores que nos amargan la vida. Y se creen satisfechos —satis: lleno— y no vacuos porque están llenos de sus palabras y mentiras. Pero vale tanto como estar lleno de nada, repleto de flatus vocis, saturados y colmados y ahítos de vacío cuántico. “Vanidad de vanidades, y todo vanidad”[1].
[1] Eclesiastés, 1, 2.
1 comentario:
¡Magistral! Me ha recordado la columna de Capmany con sus -y tus- fantásticas retahilas de sinónimos.
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