jueves, 6 de diciembre de 2007

Tarta de fresa

Cuando era niño ponían de vez en cuando una película de dibujos animados que se titulaba Tarta de fresa. Me hubiera dejado matar antes de confesar que me gustaba. Pero el caso es que me encantaba. Narraba la historia de una niña que —no sé muy bien por qué— viajaba a un lugar lejano separándose así de sus amigos. Y en aquel lugar lejano —tampoco sé por qué— participaba en un concurso de cocina en el que había un cocinero muy delgado y más malo que la quina. Supongo que la niña debía de cocinar una tarta de fresa, pero, fuese como fuese, el caso es que ganaba y así se abría para ella la posibilidad de regresar a su casa y reencontrarse con sus amigos. Pero entonces tendría que despedirse de los nuevos amigos que había hecho en el concurso —ya se sabe que, en los dibujos, un concurso de cocina es tal aventura que de ahí se sale con amigos para siempre—. Y entonces venía la terrible duda: vuelvo con mis viejos amigos y abandono a los nuevos o me quedo aquí con los nuevos y abandono a los antiguos… La niña —y yo con ella— lo pasaba mal, hasta que finalmente todo se solucionaba porque los nuevos amigos decidían que viajarían con ella y se quedarían a vivir en el pueblo de origen de la niña, y así todos serían felices. Y efectivamente, así acababa la película. Sin embargo, yo sabía bien que la realidad era bien distinta —tal vez por eso me gustaba tanto aquella historia— y que en verano no podía estar con mis amigos del cole y durante el curso no podía estar con mis primos… Sabía que no podemos tener todo. Ni siquiera a nuestros amigos.

Hoy sé que Tarta de fresa es verdad. El Cielo poder estar a la vez con amigos de ahora y los de entonces, los de aquí y los de allí lejos. El Cielo es una reunión, una fiesta. Como dice el anuncio de la ONCE, nada se pierde.

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