Hablo con Juan Pablo de la tradición y juntos recordamos aquello de que tradición viene de traditus, lo que se entrega. La tradición no es el pasado, precisamente porque lo pasado ya ha pasado, está pasado de moda, podríamos decir. En cambio lo que no ha pasado del todo, lo que de algún modo sigue vivo es la tradición: es esa porción del pasado que se nos ha entregado porque nuestros mayores reconocieron en ella un valor, algo digno de ser heredado por sus hijos. La tradición, si es tal, está viva; no es un amasijo de fórmulas muertas o anticuadas. A su vez, nosotros legaremos, queramos o no, una tradición a nuestros hijos. Tal vez participe de lo que nosotros mismos recibimos un día; tal vez hayamos desechado todo aquello y nos limitemos a legar al porvenir una tradición reciente, totalmente nueva. Tal vez lo hagamos así, o al contrario, porque creemos en los valores que estamos entregando; porque los consideramos esenciales; porque pensamos que nuestros hijos deben poseerlos o tienen derecho a ellos. Pero tal vez ocurra que leguemos simplemente una sarta de costumbres, de convenciones, de normas políticamente correctas, que no hemos sopesado, que no hemos valorado; algo que repetimos como los papagayos y se lo endosamos a nuestros hijos, tenga valor o no... Lo malo es que me temo que la tradición que vamos a legar es, precisamente, de este último tipo...
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