Generalmente los niños preguntan por qué a partir de una determinada edad. Es genial, porque esos pequeños filósofos nos enseñan a admirarnos, a preguntarnos por la realidad, a no dar nada por supuesto, a utilizar nuestra cabeza… Pero, al mismo tiempo, es agotador, porque, les contestes lo que les contestes, siempre pueden preguntar el porqué de ese porqué… Habría que remontarse a la Causa Primera, en plan las Vías de Santo Tomás, pero no creo que ningún padre del mundo tenga el tiempo y paciencia necesarias… Tal vez, incluso los niños se cansarían antes de llegar al porqué que no tiene porqué. Quizás el Principito tendría tanta paciencia, porque ya se sabe que jamás olvida una pregunta, e insiste e insiste hasta que el buen aviador le responde…
El caso es que mi hijo, no sé por qué será, nos ha salido filósofo, y en lugar de preguntar por qué, ha empezado a preguntarnos para qué. Es la pregunta teleológica: la pregunta que se pregunta por el fin, por la finalidad de las cosas, porque parte de la constatación primera de que todo tiene algún sentido, algún fin, algún para qué. No hay nada que ocurra sin perseguir un objetivo, y la manzana que cae busca, sin saberlo, ahorrar energía gravitatoria y perpetuar su especie y enriquecer la riqueza del Mundo… Este modo de proceder, preguntando el para qué de las cosas, era el que seguía el gran Aristóteles, y por eso a su filosofía se la denomina teleológica, del griego teloς, fin, el fin que está dentro de la propia acción, presente en el propio actuar, en la propia naturaleza de quien actúa. Aristóteles ve que todo movimiento —transeúnte o no— lleva a un nuevo acto, a una perfección, y que las sustancias operan conforme a su modo de ser, ordenadamente, y que la naturaleza no hace nada en vano, y todo ello le lleva a pensar, acertadamente a mi juicio, que el Mundo tiene orden divino, que Alguien debe haber que sea el autor de ese orden y el imán último al que tiende toda la realidad por ser el Sumo Bien, el Ipsum Esse Subsistens, el Ser.
De igual manera, el niño que crece lo hace porque su propia naturaleza está llamada a ser un adulto, a haber crecido, a ser eso mismo pero perfeccionado. Y así, el niño que pregunta para qué está, en el fondo, cumpliendo con su para qué.
El caso es que mi hijo, no sé por qué será, nos ha salido filósofo, y en lugar de preguntar por qué, ha empezado a preguntarnos para qué. Es la pregunta teleológica: la pregunta que se pregunta por el fin, por la finalidad de las cosas, porque parte de la constatación primera de que todo tiene algún sentido, algún fin, algún para qué. No hay nada que ocurra sin perseguir un objetivo, y la manzana que cae busca, sin saberlo, ahorrar energía gravitatoria y perpetuar su especie y enriquecer la riqueza del Mundo… Este modo de proceder, preguntando el para qué de las cosas, era el que seguía el gran Aristóteles, y por eso a su filosofía se la denomina teleológica, del griego teloς, fin, el fin que está dentro de la propia acción, presente en el propio actuar, en la propia naturaleza de quien actúa. Aristóteles ve que todo movimiento —transeúnte o no— lleva a un nuevo acto, a una perfección, y que las sustancias operan conforme a su modo de ser, ordenadamente, y que la naturaleza no hace nada en vano, y todo ello le lleva a pensar, acertadamente a mi juicio, que el Mundo tiene orden divino, que Alguien debe haber que sea el autor de ese orden y el imán último al que tiende toda la realidad por ser el Sumo Bien, el Ipsum Esse Subsistens, el Ser.
De igual manera, el niño que crece lo hace porque su propia naturaleza está llamada a ser un adulto, a haber crecido, a ser eso mismo pero perfeccionado. Y así, el niño que pregunta para qué está, en el fondo, cumpliendo con su para qué.
2 comentarios:
¡...Pues mira tú que a lo peor el chaval mas que aristotélico es un utilitarista ....!
Ya le salvareis de ser un utilitarista. Que romántico eres Antonino.
Estoy viendo que esto me va a encanter. De cabeza esto va a favoritos.
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