Elijo Montecassino como símbolo porque es el monasterio fundado por San Benito en 529 en el que despertó el germen de la vocación de Santo Tomás de Aquino. Tomás había nacido en el Castillo de Roccasecca, cerca de Aquino, y a los cinco años ingresó como oblato en la Abadía de Montecassino. Allí se formó hasta los catorce años, en que pasó a la Universidad de Nápoles. Luego tomó los hábitos dominicos y vinieron las estancias en Colonia y en París, y la imparable carrera intelectual del Doctor Angélico, hasta su muerte en la abadía cisterciense de Fossanova cuando se dirigía, por encargo del Papa Gregorio X, al Concilio de Lyon.
Pero Montecassino es, además, lugar de una de las más importantes batallas de la Segunda Guerra Mundial, en el avance de los Aliados sobre Roma y simultáneamente en el intento de cortar la posible ayuda de las tropas alemanas en Italia de cara al inminente desembarco de Normandía.
Pero además, Montecassino había sido un campo de prisioneros durante la Primera Guerra Mundial, y fue allí donde el más grande filósofo del siglo XX, Ludwig Wittgenstein, acabó de redactar, estando prisionero, su célebre Tractatus Logico-philosophicus, la obra más influyente del pasado siglo y que devuelve la cordura a la filosofía, o al menos abre una vía con sentido en medio de tanta filosofía sin-sentido.
Sí, definitivamente, Montecassino es uno de esos lugares simbólicos en la tradición de la verdadera Europa.