jueves, 6 de diciembre de 2007

Montecassino

Ayer hablábamos de que las raíces de Europa son el cristianismo y las humanidades, significadas en el Gólgota y la Acrópolis, pero también mencionábamos Montecassino, precisamente como símbolo de la reelaboración en clave cristiana del acervo grecorromano: es decir, el humanismo cristiano en toda la extensión de la palabra.

Elijo Montecassino como símbolo porque es el monasterio fundado por San Benito en 529 en el que despertó el germen de la vocación de Santo Tomás de Aquino. Tomás había nacido en el Castillo de Roccasecca, cerca de Aquino, y a los cinco años ingresó como oblato en la Abadía de Montecassino. Allí se formó hasta los catorce años, en que pasó a la Universidad de Nápoles. Luego tomó los hábitos dominicos y vinieron las estancias en Colonia y en París, y la imparable carrera intelectual del Doctor Angélico, hasta su muerte en la abadía cisterciense de Fossanova cuando se dirigía, por encargo del Papa Gregorio X, al Concilio de Lyon.

Pero Montecassino es, además, lugar de una de las más importantes batallas de la Segunda Guerra Mundial, en el avance de los Aliados sobre Roma y simultáneamente en el intento de cortar la posible ayuda de las tropas alemanas en Italia de cara al inminente desembarco de Normandía.

Pero además, Montecassino había sido un campo de prisioneros durante la Primera Guerra Mundial, y fue allí donde el más grande filósofo del siglo XX, Ludwig Wittgenstein, acabó de redactar, estando prisionero, su célebre Tractatus Logico-philosophicus, la obra más influyente del pasado siglo y que devuelve la cordura a la filosofía, o al menos abre una vía con sentido en medio de tanta filosofía sin-sentido.

Sí, definitivamente, Montecassino es uno de esos lugares simbólicos en la tradición de la verdadera Europa.

Mala estrategia

Llevo mucho tiempo convencido de que nuestra cultura se va a pique; que es insostenible, desde todo punto de vista, nuestro modo de vivir; no es sólo la contaminación atmosférica o los millones de toneladas de basura vertidos cada día; no es sólo lo insostenible del sistema de seguridad social o la dependencia absoluta de la tecnología; no es sólo la perpetua tendencia a lo inmediato y el consumo compulsivo como ansiolítico social; sobre todo es la crisis de valores, el linchamiento continuo a la familia y la religión, el envejecimiento imparable de una sociedad contraria a la vida, el abandono absoluto de las mejores instituciones sociales, la muerte de la cultura y el arte… Nuestra sociedad de usar y tirar se va al garete. Llevo tiempo viéndolo venir y oyéndolo decir.

También llevo mucho tiempo oyendo —y no sólo a los Papas— que Europa debe retomar sus raíces cristianas; que debe reencontrarse a sí misma en lo que realmente es; que, por poner sólo un ejemplo, la malograda Constitución Europea pretende obviar la verdadera tradición de Europa: el cristianismo y las humanidades, o el humanismo cristiano, el Gólgota y la Acrópolis y Montecassino y su reelaboración en clave cristiana del acervo inmenso grecorromano…

No es ninguna novedad. Sin embargo, hoy es el día en que por fin me he dado cuenta de que ambos procesos son uno y el mismo: nuestra civilización se cae, va a colapsar económicamente como está colapsando cultural y artísticamente, porque está socavando sus cimientos, que son precisamente el cristianismo y las humanidades, le pese a quien le pese…

Mala estrategia cavar un foso debajo de nuestros pies…

Superficialidad

Si la posmodernidad es el pensamiento —por llamarlo de algún modo— de nuestros días, en este mundo nuestro del bien-estar pero mal-ser, de la tecnificación y la eugenesia, y si la posmodernidad no es más que la Modernidad en plan frívolo, parece claro cuál es el problema de esta vieja Europa nuestra: la superficialidad, la vanalidad, que viene de vano, hueco, vacío. Falta hondón, falta profundidad, falta, como diría Arguiñano, fundamento. Sólo pinta lo efímero, lo pasajero, lo inmediato; aquello que está tan a mano que casi no hay ni que extender la mano para alcanzarlo, lo que está a flor de piel, lo superfluo. Pan y circo, como la Roma decadente y próxima a la caída del Imperio… Claro, a ellos como a nosotros, les faltaba fundamento, hondura, raíces. Y ya se sabe que sin raíces no puede haber flor y fruto… Normal que en nuestros días el arte y la cultura sean reality shows y el circo de la desgracia humana.

Lo superficial no aguanta si no hay un sustrato debajo. Nuestra Europa ha perdido el sustrato, a fuerza de limitarse a la superficie. Nuestra Europa tiene los días contados.

Posmodernidad

La posmodernidad es la última reedición, hasta le fecha, del programa moderno, de la Modernidad iniciada con Descartes y que tiene sus antecedentes inmediatos en Duns Escoto, Ocham y Eckhart. La Modernidad es el sueño de la razón, la utopía del progreso sin límites, la sustitución de Dios por la diosa razón, entronizada en la catedral de Nôtre Dame de París; es el afán sin fin de dominio de la naturaleza, la sustitución de la libertad por la autonomía, la filosofía de la sospecha, de la duda metódica, el abandono de la verdad en aras de la certeza, el obcecamiento en las —ideales— condiciones de posibilidad, la preocupación por el método, por el camino, sin importar en absoluto el objetivo a que tal camino conduce, la pregunta que se queda preguntando por la pregunta y olvida buscar respuesta… La Modernidad es ir a mirar por la ventana y quedarse viendo eso: la ventana, y no atender a lo que se ve a través de la ventana. Es centrarse en nuestras ideas y no en aquello que conocemos gracias a nuestras ideas. La Modernidad es mirarse en un espejo y creerse, imbécilmente, que lo real es la imagen que estoy viendo enfrente de mí…

¿Y la posmodernidad? La posmodernidad es la Modernidad en nuestros días, es un aparente intento de reacción contra la Modernidad que no pasa de ser más que un paso adelante dentro de la Modernidad. La posmodernidad es la Modernidad en plan frívolo.

Tarta de fresa

Cuando era niño ponían de vez en cuando una película de dibujos animados que se titulaba Tarta de fresa. Me hubiera dejado matar antes de confesar que me gustaba. Pero el caso es que me encantaba. Narraba la historia de una niña que —no sé muy bien por qué— viajaba a un lugar lejano separándose así de sus amigos. Y en aquel lugar lejano —tampoco sé por qué— participaba en un concurso de cocina en el que había un cocinero muy delgado y más malo que la quina. Supongo que la niña debía de cocinar una tarta de fresa, pero, fuese como fuese, el caso es que ganaba y así se abría para ella la posibilidad de regresar a su casa y reencontrarse con sus amigos. Pero entonces tendría que despedirse de los nuevos amigos que había hecho en el concurso —ya se sabe que, en los dibujos, un concurso de cocina es tal aventura que de ahí se sale con amigos para siempre—. Y entonces venía la terrible duda: vuelvo con mis viejos amigos y abandono a los nuevos o me quedo aquí con los nuevos y abandono a los antiguos… La niña —y yo con ella— lo pasaba mal, hasta que finalmente todo se solucionaba porque los nuevos amigos decidían que viajarían con ella y se quedarían a vivir en el pueblo de origen de la niña, y así todos serían felices. Y efectivamente, así acababa la película. Sin embargo, yo sabía bien que la realidad era bien distinta —tal vez por eso me gustaba tanto aquella historia— y que en verano no podía estar con mis amigos del cole y durante el curso no podía estar con mis primos… Sabía que no podemos tener todo. Ni siquiera a nuestros amigos.

Hoy sé que Tarta de fresa es verdad. El Cielo poder estar a la vez con amigos de ahora y los de entonces, los de aquí y los de allí lejos. El Cielo es una reunión, una fiesta. Como dice el anuncio de la ONCE, nada se pierde.

Tejas

Podemos mirar de tejas arriba porque vivimos de tejas abajo: la villavesa, las lentejas, los números rojos, la bañera de los niños. Todo eso, todo lo cotidiano, tiene el valor de estar justamente debajo de eso que hay de tejas arriba; tiene el valor de que puede ser iluminado por el sol porque está bajo el sol. Sin embargo, si lo que está de tejas abajo no se deja iluminar, si no alzamos a veces nuestra mirada de tejas arriba, si no contemplamos y amamos la verdad y el bien, entonces no estamos de tejas abajo: estamos de alcantarillas abajo. Y es pena…

Vanguardias y transgresiones (II)

La transgresión en arte, hoy en día, se limita a lo sexual y a lo religioso. Hoy los genios no buscan la genialidad, la originalidad, el avance, el progreso o la vanguardia. Sólo buscan el aplauso fácil. Pan y circo, decían los romanos. Nuestra sociedad del consumo es eso: pan y aire acondicionado y paracetamol y móvil con cámara integrada, y circo, mucho circo en la tele, en la prensa, en Internet. Y para los más inquietos, los listos y listillos, los cultivados o los que han tenido la inmensa fortuna de tener unos padres comprometidos con la formación de sus hijos, circo disfrazado de arete y cultura: literatura pornográfica, exposiciones blasfemas… El artista se ha vendido a la caja registradora del consumismo, y best-seller y también la obra de culto —como se dice ahora— son totalmente planos, aceptables, acomodaticios y conformistas. El arte hoy no protesta ni abre nuevos caminos. Es terrible pero, claro, tiene sus ventajas: es mucho más fácil de hacer y da mucho más dinero…

Así que, cuando oigo hablar de vanguardia y de tendencias me echo a temblar pensando en lo más retrógrado, recalcitrante y carca. Lo menos vanguardista y genial; lo más aburrido, muerto y enterrado cual la momia de Ramsés[1].

[1] A. Machado, Proverbios y cantares, XXXVII.

Vanguardias y transgresiomes

Hoy, innovar, ser original, estar en la vanguardia del arte y de la cultura es sólo ser transgresor. Sólo la transgresión es vanguardia. Bien. Se podría decir que El Quijote, en su tiempo, era transgresor; rompía lo socialmente establecido y aceptado en su tiempo, mostrando los errores de esas costumbres. Se podría decir que el Rinoceronte de Ionesco es una obra transgresora, que Antígona es una obra transgresora, que El buscón es una obra transgresora, que El grito de Munch es una obra transgresora, que Hijos de la ira es una obra transgresora… Hay mucho de rompedor, de denuncia, de grito y puñetazo en la mesa en muchas de las grandes obras de todos los tiempos. Mucho de iniciar caminos nunca hollados, esos caminos que los timoratos, los mediocres y los establecidos no se atreven a pisar. Hay mucho de queja contra lo que está mal en el Mundo, como decía Chesterton, porque el genio se da cuenta de lo que está mal en el Mundo.

Sin embargo, la transgresión hoy en día lleva, hasta donde a mí se me alcanza, sólo un par de derroteros: lo sexual y lo religioso. Hoy en día no es transgresor denunciar lo políticamente correcto. Es transgresor mostrar públicamente el sexo, en un grado u otro, pero algo en definitiva que desgraciadamente no nos es nuevo. La otra forma de transgresión en nuestros días es la de la irreverencia, la del insulto a lo religioso, ya sea en cuanto al culto, en cuanto a los creyentes o incluso directamente contra Dios. Pero, bien mirado, esto no es ninguna verdadera transgresión. Esa una falta de sentido, una cretinez y una gran ofensa, pero no es una verdadera transgresión. No al menos en el sen5tido en que El Quijote era —y es— transgresor. Y no lo es porque insultar a la religión —la que sea— o mostrar públicamente la intimidad sexual no supone enfrentarse con nuestra sociedad, una sociedad que no valora especialmente lo religioso y que no tiene reparos en el llamado erotismo. Así, difícilmente se pueden mostrar los vicios de una sociedad, si lo único que hacemos es abundar en lo que la sociedad aplaude. Qué gran mérito.

Tradición (y plagio)

Ayer hablábamos de la tradición, y me acordaba de aquello que tanto le gustaba repetir a Eugenio d’Ors: lo que no es tradición es plagio. Los postmodernos dirían más bien que toda está dicho —a lo que habría que añadir que también está ya dicho eso de que todo está ya dicho..., y así al infinito—, pero me parece que es otro el sentido de las palabras de d’Ors.

Queramos o no, como decíamos ayer, estamos insertos en una tradición. Querer negarlo es necio. Y esa tradición puede ser buena o no, puede gustarnos o no, pero es la que es, y con ella tenemos que trabajar para legarla a nuestros hijos o para cambiarla. Y en ese sentido, pretender inventarlo todo, querer obviar el hecho de que partimos de una cultura dada con un acervo y dado, es, en el fondo, presentar de original lo que no es completamente original; no reconocer que tenemos una innegable deuda, mucho mayor de lo que pudiera parecer, con nuestra cultura, con nuestra tradición. Y del mismo modo que quien roba las palabras de otro y las hace pasar por propias sin reconocer la verdadera autoría está cometiendo plagio, quien no reconoce lo que debe a su tradición, buena o mala, tuerta o jorobada, comete plagio, además de ser tan necio de creerse el primer ser humano que en la historia ha dicho algo totalmente original... Y se me ocurren algunos ejemplos, en la lengua de Mordor, que no nombraré aquí.

Tradición

Hablo con Juan Pablo de la tradición y juntos recordamos aquello de que tradición viene de traditus, lo que se entrega. La tradición no es el pasado, precisamente porque lo pasado ya ha pasado, está pasado de moda, podríamos decir. En cambio lo que no ha pasado del todo, lo que de algún modo sigue vivo es la tradición: es esa porción del pasado que se nos ha entregado porque nuestros mayores reconocieron en ella un valor, algo digno de ser heredado por sus hijos. La tradición, si es tal, está viva; no es un amasijo de fórmulas muertas o anticuadas. A su vez, nosotros legaremos, queramos o no, una tradición a nuestros hijos. Tal vez participe de lo que nosotros mismos recibimos un día; tal vez hayamos desechado todo aquello y nos limitemos a legar al porvenir una tradición reciente, totalmente nueva. Tal vez lo hagamos así, o al contrario, porque creemos en los valores que estamos entregando; porque los consideramos esenciales; porque pensamos que nuestros hijos deben poseerlos o tienen derecho a ellos. Pero tal vez ocurra que leguemos simplemente una sarta de costumbres, de convenciones, de normas políticamente correctas, que no hemos sopesado, que no hemos valorado; algo que repetimos como los papagayos y se lo endosamos a nuestros hijos, tenga valor o no... Lo malo es que me temo que la tradición que vamos a legar es, precisamente, de este último tipo...

Virtud y euroladrillos

Otra de las batallas lingüísticas que hemos perdido es la de la virtud cívica. No hay nada más clásico. La civilidad, la idea de ciudadanía, es un invento netamente clásico; es más, es uno de los grandes inventos clásicos. Si nuestra tradición no es bárbara, sino grecolatina, es, en enorme medida, por esta idea de que somos ciudadanos. Sólo desde ahí se puede articular la búsqueda del bien común o la preocupación por la educación, la famosa politeia griega.

Pero hoy, nadie habla de virtud cívica, Se oye hablar mucho de ciudadanía, pero la vieja idea de virtud, de esfuerzo y de encaminamiento hacia el bien común, está perdida. Nuestra sociedad nos impulsa a un individualismo feroz, y las estructuras de poder disfrazan sus estrategias de dominación bajo la forma de ciudadanía…

Nuestros padres, nuestros abuelos, recibieron una gran formación en urbanismo: en ciudadanía. Porque no da igual dar las gracias que no darlas cuando alguien nos sujeta una puerta. Pero hoy, cuando oímos urbanismo, automáticamente pensamos en operaciones Malaya, pufos inmobiliarios, enriquecerse fácilmente, pelotazos, bolsas de basura a reventar de euros. Virtud cívica, ciudadanía, politeia: ubi sunt, qué se fizo de ellos…

Proverbio polaco

Un día sin escribir lo notan los dedos; dos días sin escribir lo nota la cabeza; tres días sin escribir lo nota el lector.

Peter of Michael

A mediados de agostó falleció en Pamplona Pedro de Miguel. Había sido director de la revista Nuestro Tiempo y era un enorme crítico literario. Enorme por lo atinado —y afinado— de sus críticas, por su humor, por su buen gusto literario, por su ingente conocimiento de la literatura universal y del mercadeo actual, también el de la litero-basura best-seller. Y sobre todo, era un sabio. Sabio en el mejor sentido de la palabra: el que sabe de verdad, el ha vislumbrado los destellos del sentido de la vida, la unidad profunda del Universo, la clave amorosa de todo.

Últimamente tenía un blog sobre letras y noticias y fútbol e ironías. Una entrada al día. Sabía a poco. Letras enredadas[1] se llama. Todavía está accesible, por si quieres echarle un ojo. En el blog paseaba a su perro virtual, Puppy, que se ha quedado sin amo. Creo que voy a sacarlo a pasear yo, es decir, que voy a intentar tener presente todo lo que Peter significaba, voy a procurar tener presente su legado, voy a trabajar en la misma línea en que Peter trabajó y luchó, con ese mismo afán que ambos compartimos y que él tan bien encarnó. Pasearé a Puppy, Peter, no te preocupes.
[1] http://www.bestiario.com/letras/

Tener miedo o abrir la puerta

No sé qué genio dijo el otro día que el miedo es libre. Desde luego, será el suyo, porque lo que es el mío no es libre en absoluto. Yo no elijo a qué tener miedo, ni cuándo sentirlo. El miedo más bien me esclaviza, es algo que no depende de mí, se escapa de mi control y me quita libertad. Además el miedo es lo contrario de la verdad, que es la que nos hace libres. El miedo nos esclaviza precisamente porque es falta de conocimiento. Tememos aquello que desconocemos. Lo que conocemos nos puede inspirar desagrado, rechazo, dolor, pero no miedo.

Mi abuela le decía a mi madre, cuando ésta era pequeñita y tenía miedo, que el miedo es esto: y abría una puerta. El miedo es eso: es lo que hay al otro lado de la puerta. Propiamente no es nada; es el no saber lo que hay lo que nos produce miedo. Tal vez haya algo bueno, o tal vez algo terrible, pero el miedo nos lo produce precisamente el desconocimiento.

No. El miedo no es libre. Libre es el conocimiento, que es el antídoto del miedo. Cuando tengas miedo, abre la puerta.

No hay mucho más

Tal vez hayas visto Viven, la película que narra la aventura de aquellos jugadores de rugby uruguayos que se quedaron perdidos en mitad de los Andes cuando el avión que los llevaba a Chile para jugar un partido se estrelló contra un pico de la cordillera. La película, como el libro, es maravillosa, y toca temas de una profundidad antropológica enorme. Al final de la película, el narrador dice: “Y no hay mucho más que contar”. No está mal la frase, como quitando importancia a una aventura tan tremenda. No hay mucho más que contar; es poco lo importante…

Un sabio profesor decía el otro día que tenemos que ser expertos en el corazón humano. Tenemos que conocer a fondo cómo somos, nosotros mismos y los seres humanos que nos rodean; tenemos que ser expertos en los anhelos y sentimientos y dolores del corazón humano; tenemos que saber bien qué es lo que ese corazón busca. Tenemos que ser hermanos de los hombres. Porque, al final —y esto ya lo digo yo—, como decía el narrador de Viven, no hay mucho más. En este mundo, en esta vida, no hay mucho más que el amor.

In fieri

Los clásicos decían que los hombres somos in fieri, literalmente que estamos en marcha, que estamos haciéndonos, que no estamos acabados, que somos abiertos. Hoy, los horteras modernos dirían que somos seres under construction.

Detener el corazón

Se me ocurre: nuestro corazón camina, avanzamos, retrocedemos, volvemos a avanzar. Siempre en camino. El hombre es una tarea, somos in fieri, que decían los antiguos; la libertad es don y conquista, y por eso, por más que no lo crea el tío Josemari, podemos —¡y debemos!— crecer en libertad. Somos homo viator, hombre-en-camino, que decían los monjes medievales, y por eso se retiraban a sus conventos y monasterios, alejados de lo que a ellos pudiera apartarlos del camino —a ellos, no a todos—. O como decía el anuncio de colonia, “la vida es un viaje”. Por eso tantas metáforas de la vida en la literatura con forma de viaje: desde la Odisea hasta El señor de los anillos y su periplo por la Tierra Media —no es casual que el mundo se llame, en la epopeya de Tolkien, precisamente Tierra Media: la que está entre medias, a medio camino; las tierras de penumbra de que habla su amigo Jack Lewis...—.

Pero todo viaje termina, porque si no, no es un viaje, sino un naufragio. Y el asunto está en dónde nos detenemos, dónde detenemos nuestro corazón. Dónde tocamos puerto, nuestro puerto; dónde hemos llegado cuando hemos llegado a casa. La vida, como todo lo humano, es un viaje tan paradójico que se puede estar en camino y ya haber llegado...

Convertibilidad de los trascendentales

Los clásicos hablaban de la convertibilidad de los trascendentales: la belleza es lo mismo que el bien y que la verdad, porque en realidad no son nada más que el ser visto desde diferentes ángulos, y lo que es el bien para la voluntad es la verdad para el intelecto y es la belleza para la sensibilidad.

Es lo que en los pueblos expresan perfectamente cuando ven a un niño y le dicen a su madre: “qué hermoso está”. Con hermoso están queriendo decir que está gordote, y por tanto que está sano, y que está muy guapo —lo que solemos entender por hermoso—, porque para la gente de los pueblos es evidente que si un niño está rollizo es señal de que está sano, y esa salud se nota en lo bonito que está el niño. Está guapo porque está sano, igual que el niño enfermo está necesariamente feo, tiene mala cara. Ocurre lo mismo con la palabra pulcro, que los romanos empleaban para decir belleza —el trascendental pulchrum—, y que nosotros empleamos para decir que algo es bello pero también para decir que algo está limpio, aseado, cuidado. La palabra pulcro vale tanto como decir que si vas bien arreglado vas guapo. Con conceptos así se ve claramente que la frontera entre la ética y la estética no es tajante.

Y es que la verdad y la belleza y el bien son lo mismo. Sólo depende desde dónde miremos.

Mi hijo, el aristotélico

Generalmente los niños preguntan por qué a partir de una determinada edad. Es genial, porque esos pequeños filósofos nos enseñan a admirarnos, a preguntarnos por la realidad, a no dar nada por supuesto, a utilizar nuestra cabeza… Pero, al mismo tiempo, es agotador, porque, les contestes lo que les contestes, siempre pueden preguntar el porqué de ese porqué… Habría que remontarse a la Causa Primera, en plan las Vías de Santo Tomás, pero no creo que ningún padre del mundo tenga el tiempo y paciencia necesarias… Tal vez, incluso los niños se cansarían antes de llegar al porqué que no tiene porqué. Quizás el Principito tendría tanta paciencia, porque ya se sabe que jamás olvida una pregunta, e insiste e insiste hasta que el buen aviador le responde…

El caso es que mi hijo, no sé por qué será, nos ha salido filósofo, y en lugar de preguntar por qué, ha empezado a preguntarnos para qué. Es la pregunta teleológica: la pregunta que se pregunta por el fin, por la finalidad de las cosas, porque parte de la constatación primera de que todo tiene algún sentido, algún fin, algún para qué. No hay nada que ocurra sin perseguir un objetivo, y la manzana que cae busca, sin saberlo, ahorrar energía gravitatoria y perpetuar su especie y enriquecer la riqueza del Mundo… Este modo de proceder, preguntando el para qué de las cosas, era el que seguía el gran Aristóteles, y por eso a su filosofía se la denomina teleológica, del griego teloς, fin, el fin que está dentro de la propia acción, presente en el propio actuar, en la propia naturaleza de quien actúa. Aristóteles ve que todo movimiento —transeúnte o no— lleva a un nuevo acto, a una perfección, y que las sustancias operan conforme a su modo de ser, ordenadamente, y que la naturaleza no hace nada en vano, y todo ello le lleva a pensar, acertadamente a mi juicio, que el Mundo tiene orden divino, que Alguien debe haber que sea el autor de ese orden y el imán último al que tiende toda la realidad por ser el Sumo Bien, el Ipsum Esse Subsistens, el Ser.

De igual manera, el niño que crece lo hace porque su propia naturaleza está llamada a ser un adulto, a haber crecido, a ser eso mismo pero perfeccionado. Y así, el niño que pregunta para qué está, en el fondo, cumpliendo con su para qué.

Mi Collioure

Serrat cantó a Machado, magistralmente, en un disco. Le cantó porque cantó poemas de Machado, lo que vale como decir que cantó al porpio Machado, porque lo que hay en la poesía de Machado no es sino Machado mismo. Pero además cantó a Machado en ese otro sentido que solemos dar a esta expresión: le dedicó un canto. En ese disco, en ocasiones desliza Serrat versos suyos entre los del poeta, pero hay una canción, cuya letra es enteramente de Serrat, que es un homenaje a Machado; a sus últimos días y a toda su vida, tal vez compendiada en esos amargos últimos días. Se titula, como no podía ser de otro modo, Collioure.

Uno de los versos más tremendos dice: “Miró hacia atrás y no vio más que cadáveres”. Evidentemente, la canción está hablando de la situación de la España en plena Guerra Civil que Machado está dejando a su espalda con su exilio a Francia, a Collioure. Pero, al margen de eso, me estremece pensar en mirar atrás y no ver más que cadáveres. Ojalá en mi vida, cuando mire atrás, no vea más que vida. Que el fruto de mi vida no sean éxitos, logros, aplausos, papeles muertos, cadáveres, sino un reguero de vida.

Peltre

Tal vez sepas la anécdota aquella del mendigo que iba a comer a una casa de caridad, y sacaba de su gabán una cuchara de peltre, la acariciaba, la miraba con codicia —¡y eso que era suya!—, la volvía a guardar a hurtadillas para que nadie se la intentara arrebatar... ¡Su tesoro!, como Gollum...

A mí esto me hace pensar... El peltre no es plata, aunque se le parece: es una aleación de cinc, plomo y estaño, según el Diccionario de la Real, y es más barato que la plata, por lo que se usa para sustituirla. El mendigo aquel veneraba una cuchara que ni siquiera era plata: parecía plata pero era una baratija. A menudo me parece que las cosas materiales, con todo su brillo, su valor, su utilidad, con toda la gloria de Dios que entonan por el mero hecho de existir, no son sino peltre. Parecen plata, parecen...

Intelectuales al uso

Hay otra estrofa del poema del If de Kipling que siempre me ha gustado mucho, más allá de que todo el poema es maravilloso. Se trata de aquellos versos que anteceden justamente a los que ayer comentamos, y dicen así: “Si sueñas, y los sueños no te hacen su esclavo / si piensas y rechazas lo que piensas en vano”[1]. Difícil tarea ésta. No recuerdo qué filósofo dice en algún lado que el intelectual al uso es un señor que se cree todo lo que se le ocurre. Exactamente lo contrario de lo que proponía Kipling. Y qué gran verdad es ésta. A todos se nos ocurres cientos de cosas al día, pero sólo el intelectual se cree que son verdad, que entroncan decisivamente con toda una teoría del mundo, que son verdades profundas o grandes descubrimientos, y, siempre, caminos no pisados antes por mente humana alguna. Hace falta ser ingenuo, soberbio y cegato, pero el intelectual se lo cree. Y encima, en muchos casos —la mayoría, desgraciadamente— es un relativista de tomo y lomo y así te quita la razón dándotela —al tiempo que se la da también a lo contrario de lo que tú dices—. Todo vale porque no hay verdad; ahora, eso sí, las ideillas que se me ocurren a mí son auténticas genialidades y verdades últimas. Paradojas de los intelectuales. Y que conste que yo me estoy creyendo esto que estoy diciendo… ¿Seré yo también un intelectual?

[1] “If you can dream--and not make dreams your master / If you can think--and not make thoughts your aim”. R. Kipling, If.

Triunfos y fracasos

Llevaba tiempo queriendo hacer una teja sobre el poema del If, de Rudyard Kipling. Tú me dirás que menuda casualidad, ahora que ha aparecido un anuncio en la tele en el que se oye una voz en off recitándolo, con la banda sonora de Tiempos de Gloria —la película de Edward Zwick— de fondo, y mientras se ve al inmenso Dani Pedrosa cayéndose y triunfando. El anuncio es realmente memorable, aunque utilice una traducción del poema que, pese a ser más fiel, no es la traducción a la que todos estamos acostumbrados; ésa que tenía en su escritorio Aznar y antes que él, José Antonio.

Pues el anuncio y mi intención de glosar el poema es casualidad: te podría enseñar mi agenda y verías que hace meses que lo tengo apuntado en la tronera de tejas —ya sabes que agenda significa en latín lo que hay que hacer—. Y para mayor casualidad, lo tenía previsto precisamente para hablar del par de versos que se reflejan mejor en el anuncio, con las imágenes de los accidentes de Dani y de sus podios: “si te encuentras el triunfo y te encuentras la derrota / y a los dos impostores les tratas de igual forma”[1]. No dormirse en los laureles y emborracharse de las mieles del triunfo y, sobre todo, de las mieles del fracaso. Es tan fácil quedarse rumiando la propia pena por haber fracasado… Mucho más difícil es no emborracharse de fracaso que tener los pies en la tierra después del éxito. El poema concluye con el fruto de todos esos condicionales: si has logrado todo eso que propone el poema, serás hombre. Hoy sé que ser hombre consiste —también— en “perder y comenzar otra vez desde cero / sin dejar escapar de la boca un lamento”[2].
[1] “If you can meet with Triumph and Disaster / And treat those two impostors just the same”. R. Kipling, If.
[2] “And lose, and start again at your beginnings / And never breathe a word about your loss”. R. Kipling, If.

Tenores huecos

En ese poema autobiográfico titulado Retrato —aquel que comienza “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”— dice Machado: “desdeño la romanza de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos / y escucho, solamente, entre las voces, una”.

Se para uno un momento a escuchar tantas cosas como constantemente se oyen y descubre listillos, burócratas, espabilados que viven del cuento del pedaleo-pedorreo y no hacen absolutamente nada más que liar fardos pesados sin mover siquiera el meñique, especialistas muy muy especializados, vendedores de humo, fenicios de la estafa intelectual, timadores de libro y trileros de conferencia, con sus honoris causa y su tocomocho, prebostes, magnates, enterados, culturetas andantes, encantadores de serpientes, más hueros que la zapa y más hinchados que el pez globo después de hincharse a cocacola…

Pero, eso sí, siempre todos ellos con un discurso —tenores huecos, coro de grillos— que se llena de palabras ampulosas y de discursos elaborados, crípticos pero elaborados, y de expresiones que ellos mismos desconocen y sobre todo de tecnicismos, muchos tecnicismos sólo aptos para iniciados, pedantes, sofistas, cuentistas, vividores que nos amargan la vida. Y se creen satisfechos —satis: lleno— y no vacuos porque están llenos de sus palabras y mentiras. Pero vale tanto como estar lleno de nada, repleto de flatus vocis, saturados y colmados y ahítos de vacío cuántico. “Vanidad de vanidades, y todo vanidad”[1].
[1] Eclesiastés, 1, 2.

Relativos

Cada día me doy más cuenta de que los asuntos humanos son muy relativos. Evidentemente no todo puede ser relativo, porque si todo es relativo no es relativo sino una verdad absoluta que todo es relativo. Es como decir “todo es mentira”, en cuyo caso también es mentira que todo es mentira, luego es mentira que todo es mentira… Son las clásicas aporías, en las que el mero hecho de darlas por ciertas las convierten en falsas…

Sin embargo, los asuntos humanos son profundamente relativos, porque todo lo que hacemos y decimos está condicionado por nuestra parcialidad. Ortega decía que lo que yo veo depende de la posición en la que están mis ojos, y para que alguien vea lo que yo veo se tiene que poner en el lugar en que estoy yo, y por tanto yo tengo que cambiar de posición. Las cosas son como son, pero mi percepción de las cosas siempre es limitada y parcial, condicionada y a menudo errónea. En el mundo en que generalmente nos movemos, que tiene base material pero está mucho más allá de la materia, las cosas son muy relativas, porque ¿hay algo más relativo que tener números rojos en el banco? Es tan fácil argumentar una cosa y la contraria que a menudo nos resulta muy difícil saber por dónde va la verdad y más bien nos atenemos a lo que nos suena más, a lo que se parece más a nuestras ideas previas, o a lo que produce mejores resultados. Esta estrategia pragmática es bastante adecuada, porque al final sabemos de las cosas por sus efectos. Ya dice el adagio clásico que por sus frutos los conoceréis…

Pero en cualquier caso, esta dificultad para la verdad, y esta posibilidad real de alternativas válidas en que nos movemos —por qué va a ser mejor tal cosa que tal otra…— hace que nuestro mundo sea campo abonado para los sofistas. Tal vez nuestra única salida es cuidar la propia honestidad intelectual.

Madurar

Creo que ya he comentado alguna vez que mi maestro decía que madurar consiste en detenerse a mirar y a admirar el paisaje de cuando en vez; madurar consiste en conculcar la tiranía del reloj y del teléfono móvil; madurar consiste en tener libertad interior; madurar no es hacerse mayor, haber crecido, haber alcanzado la madurez, sino que es seguir creciendo, hacerse consciente de que tenemos que seguir madurando. Y para hacerse consciente de ello y para llevarlo a cabo, es decir, para seguir madurando, nada como pararse a contemplar el paisaje de cuando en vez, nada como librarse del demonio que vive en el reloj y en el teléfono móvil, nada como ser libre interiormente aunque por fuera haya horarios y citas y compromisos que nos atenacen aparentemente pero que en realidad son ocasión para crecer en libertad. Y para madurar, y para crecer en libertad, nada como tener un buen maestro. Suerte la mía.

Laicismo

Cuando hablamos de una sociedad laica parece que estamos hablando de que el Estado no debe ser confesional, no debe confesar ninguna fe, precisamente para que los individuos, sociedades e Iglesias que forman esa sociedad puedan practicar cualquier creencia religiosa, lo que parece la base del respeto a la libertad que se debe exigir en cualquier democracia.

El problema está en que cuando hablamos de laicismo no estamos hablando de eso. Eso es que el Estado sea aconfesional; en cambio un Estado laico y laicista es el que busca encerrar lo religioso al ámbito de la esfera privada. Es un Estado para el que la religión no es admisible en el seno de la vida social. Es un Estado directamente en contra de las creencias religiosas y de la libertad para practicarlas. Un Estado laicista no es un Estado aconfesional, sino confesional: confiesa una opción religiosa, que es precisamente la de la negación de la religión. Y si es bueno que el Estado sea aconfesional es precisamente para que yo pueda ser ateo si quiero, y no porque me lo manda el gobierno de turno. Esa es la base de la aconfesionalidad: que yo, ciudadano individual, pueda practicar o no según quiera lo que yo quiera, en público o en privado, porque no hay ninguna opción que se solapa totalmente con el Estado, de modo que hay margen para la libertad religiosa.

Pero claro, hoy en día todos pensamos que lo bueno es el laicismo, que evita que los Estados impongan religiones oficiales e incurran en fundamentalismos... Una vez más, nos han ganado la batalla del lenguaje.

José Luis

Me dice José Luis: “Es un alivio esto de que nos digan que cuando llegue la adolescencia nos parecerá que lo hemos hecho todo mal, pero que cuando pase podremos ver que lo que estamos sembrando ahora ha dado su fruto”. José Luis está haciendo conmigo un curso sobre la educación de los niños de 0 a 3 años. Muy sabiamente me sigue diciendo: “Me da la impresión de que nuestra tarea ahora es un poco como la de los arquitectos japoneses. Allí hay terremotos enormes, así que, cuando se sientan a diseñar un edificio, tienen que prever que habrá terremotos y que, aunque se noten mucho en las partes altas del edificio, la estructura aguantará y no se vendrá abajo. Nosotros ahora estamos educando a los niños, y tenemos que conseguir que cuando llegue el terremoto de la adolescencia, que llegará, y que pondrá a todo el edificio a dar bandazos, y que parecerá que se va venir abajo, en realidad sea sólo eso, una gran convulsión. Sí, pero que no consigue deformar la estructura, de modo que al final el edificio siga en pie, y si acaso se hayan venido abajo los cuadros que decoraban las habitaciones, pero nada más”. Un sabio, este José Luis, y un gran padre.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Vanidad de vanidades

Vanidad de vanidades, todo vanidad. Ahora pienso en uno de los filósofos más importantes del siglo XX, tal vez uno de los dos o tres filósofos vivos realmente grandes, y pienso en su abandono: ahí lo tienes, sin pena ni gloria, olvidado de todos; tal vez ni sus propios discípulos acaban de entenderle…, o tal vez ni siquiera empiezan… Una de las personas que han hecho aportaciones realmente importantes; una persona que ha hecho una de las más importantes aportaciones intelectuales en la Historia del Mundo, y ahí lo tienes, condenado a una especie de ostracismo mientras nuestras teles se llenan de amantes de amigos de señoras que una vez estuvieron casadas —¿o liadas?— con un torero de segunda… Vanidad de vanidades, y todo vanidad. Por cierto, vanidad viene de vano, hueco, vacío.

24

Estos días he visto la primera temporada de la serie 24. Gloriosa. Me la dejó Vanessa y llevo todo el mes viendo un capítulo diario en vez del bodrio que dan por la tele por regla general. Lo que no sé es que voy a hacer ahora que he terminado la serie... Tendré que intentar conseguir la segunda temporada...

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<>El caso es que, además de la trama, el ritmo, el tiempo real en que transcurre la serie, se me ha quedado dando vueltas en la mente el tema del fin y los medios. Tal vez ése es el quid de toda la serie, lo que está siempre sobre el tapete, el cogollo, como diría un ribero. Porque todo el tiempo los personajes están ante situaciones en que deben tomar decisiones nada fáciles, en las que para lograr un fin bueno sólo cabe elegir medios malos o si no no se logrará ese fin... Los protagonistas, en especial Jack Bauer, el protagonista, está siempre en un ¡ay!, que dirían Cruz y Raya, está siempre in extremis, o me salto las normas —las arbitrarias pero también las éticas— o se van a cargar a un inocente... No es nada fácil. En la teoría sí, claro, en clase, con el libro en las manos, distinguiendo objeto-fin-circunstancias, pero en la situación real es tan fácil que nos ciegue un fin bueno y caigamos en la trampa de usar medios malos...

A menudo

Adictos al café por adictos al sueño; adictos al naprosin por adictos a la migraña; adictos al antidepresivo chocolate —negro, amargo, o con almendras— por adictos a la depresión; adictos a las gafas de culo de vaso por adictos a los libros; adictos al insomnio por adictos al café; adictos a la migraña por adictos al chocolate; adictos a los libros por adictos a los sueños... <>
<>A menudo así es la vida. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Alumnos del primer banco

<>Los profesores siempre hacemos bromas con los alumnos del primer banco que están tomando notas todo el tiempo, y que incluso si el profesor estornuda siguen escribiendo, y si el profesor se para y hace un chiste toman apuntes… Parece que son incapaces de discernir lo que es importante de lo totalmente anecdótico. Parece que en sus ansias por anotar absolutamente todo lo que sale en clase tienen que anotar hasta los estornudos, porque si falta cualquier detalle ¡agobio!, ¡agobio!...
Y claro, eso nos produce risa a los profesores, pero no nos damos cuenta de que tal vez, esos alumnos que tanta gracia nos hacen, que nos parecen tal vez los que menos se están empapando, son los mejores, porque en realidad no están pendientes de anotar el chiste o el estornudo del profesor sino que han sido capaces de ponerse a escribir y reflexionar por su cuenta, relacionar ideas, crear nuevas ideas, proponer cuestiones, objeciones, comentarios propios… No están tomando apuntes: están escribiendo sus apuntes.

Aportar a la sociedad

Aquel tipo tenía fama se ser bastante sabio, y un encantador de serpientes, además. Fui a verle para que me diera trabajo, porque estaba a punto de acabar mi Tesis Doctoral y tenía que encontrar una fuente de garbanzos, o sea, de ingresos. Me preguntó si pensaba publicar la tesis; le dije que sí, que desde luego era mi intención y que, aunque estas cosas siempre son difíciles, haría todo lo que está en mano. Me puse en plan humilde —porque hablar de mis logros siempre me da mucha vergüenza, salvo que los cuente como ahora, en confidencia, entre amigos— y le dije que mi interés por publicar la tesis se debía a que mi propósito había sido en todo momento aportar algo a la sociedad, ayudar a mejorar nuestro mundo, y si lo había logrado, aunque fuese mínimamente, era inadmisible dejarla escondida en un cajón, como ocurre a menudo con infinidad de tesis. Él me contestó: “te aseguro que has aportado algo a la sociedad; porque, además de lo que seguro que hay de bueno y novedoso y enriquecedor en tu tesis, el mero hecho de haberla hecho te hace mejor a ti, te ha enriquecido, te ha hecho esforzarte y tratar de ser original, te ha hecho crecer en paciencia y en conocimientos —eso siempre con las tesis—, y resulta que tú eres parte de la sociedad”.
Pensé: qué gran verdad. A menudo nos empeñamos en convertir el mundo, en darle la vuelta, en hacerlo un poco más justo, y no nos damos cuenta de que lo primero es convertirnos a nosotros mismos, hacernos mejores personas, más justos, más humanos. Hacer eso es nuestro deber y además es lo que primero está en nuestra mano de cara a cambiar la sociedad. Se nos suele olvidar que al hacerlo, al cambiarnos a nosotros mismos a mejor, estamos mejorando el mundo, porque somos parte de él y porque actuamos en él, y está claro que cuanto mejores sean los actores que intervienen en el desenvolvimiento del mundo, mejor será su intervención y mejor irá el mundo…

Comunicación ¿problemática?

<>Ayer hablábamos en el trabajo de la comunicación; a veces —a menudo— la comunicación con los profesores es complicada, gustan poco de escuchar, se las saben todas de antemano, quieren tener la última palabra. Yo, que soy profesor, no puedo decir que sea mentira... Sin embargo, me quedé enredado con lo de que la comunicación es complicada. Lo que subyacía a toda la conversación, lo que en el fondo pensaban todos allí, y tal vez yo también, es que, en general, la comunicación humana es complicada, más allá de profesores o zapateros. Y dándole vueltas me di cuenta de que, en realidad, lo complicado no es la comunicación; lo complicado es la falta de comunicación. De acuerdo que la comunicación, como todo lo humano, es imperfecta, pero lo verdaderamente problemático es la ausencia de comunicación. La comunicación, imperfecta y todo, supone un avance inmenso, una enorme solución del verdadero problema humano: el solipsismo.

De colores y pinzas de tender la ropa

Me decía: “Tú has hecho la Tesis en Estética... Seguro que me tienes que entender. No lo puedo evitar, es superior a mis fuerzas; hasta cuando tiendo la ropa en la cuerda intento que haya armonía: pongo pinzas de un color que vaya bien con la prenda que estoy colgando, e intento que, si tengo que poner dos pinzas, sean iguales —de color y de forma, que en casa tenemos treinta y dos tipos de pinzas, supongo que como en todas las casas—, y si tiendo unos calcetines marrones, los pongo con unas pinzas amarillo-ocre, y queda maravilloso, y si es el jersey del uniforme del cole del niño, que es azul marino con tiras rojas, pues pinzas azules o rojas... Y así todo, en todos los órdenes de la vida. ¡Y no puedo evitarlo...! Es como una maldición”. <> Yo le digo: “Eso, que te parece una maldición, es una bendición. Afortunado tú”.

Decíamos ayer

Me dicen: tienes que cambiar ese ayer con el que empiezas siempre las tejas, porque en realidad sería ayer cuando lo escribiste pero no es ayer del día en que se emite…

En realidad, tú y yo sabemos bien que tampoco fue ayer del día en que me puse a escribir esa teja; que cuando digo ayer es para reunir todo el pasado en lo más reciente, lo que es casi presente, no lo que no está olvidado y muerto, sino aquello que, en cierta manera, continúa aquí al ladito… Es un recurso poético, si quieres, un salirse de los detalles temporales precisos, que dan igual, y situarse en un tiempo universal, para contar una experiencia que pretende tener una semilla eterna, válida para siempre, para todos…

Tal vez te acuerdes de aquello del clásico español, que después de cinco años en prisión —injusta claro, como acabó por probarse— retornó a sus clases y retomó la lección diciendo: “decíamos ayer”.

El carro alado

En el conocido diálogo platónico titulado Fedro, el segundo más sabio de los atenienses[1] nos cuenta el mito del carro alado. Mediante esta bellísima metáfora Platón nos habla de la naturaleza humana, al hacernos imaginar el alma como un carro alado que está en el cielo empíreo, en el mundo de las ideas, en un eterno giro alrededor de la Idea de Bien, o lo que es lo mismo, en perfecta contemplación de Dios, en la felicidad cumplida —esa es la idea de perfección que expresa el autor mediante el giro, que transcurre sin salirse de sí mismo y sin acabar jamás. Más aún, para los griegos la esfera es el símbolo perfecto de la perfección, ya que puede estar moviéndose sin batir espacio exterior al que ya ocupa estando parada—. El carro alado está dirgido por un auriga, que simboliza la razón, y es tirado por dos caballos: uno negro y uno blanco. El blanco significa el apetito irascible: la tendencia a buscar bienes costosos, arduos; el negro representa el apetito concupiscible: la tendencia a los bienes inmediatos, el tirón que todos experimentamos hacia el placer que está más a mano abandonando bienes más altos pero más costosos, esa tendencia a la horizontal que tanto nos cuesta superar. <>
<>Pues bien: el dichoso caballo negro, que es un poco díscolo, tira más de la cuenta y hace que el carro se salga de su perfecta órbita bienaventurada, y el alma, el carro alado, viene a caer a este mundo y queda prisionera en este torpe cuerpo nuestro, en la limitada materia. Y para volver al lugar que le corresponde el alma debe sacar de sí lo que ya tiene dentro: el recuerdo de la Idea de Bien, su poso divino, de modo que pueda, nuevamente, elevarse a los cielos y recuperar la felicidad. <>
<>El propio Platón nos presenta esta imagen como eso: como una metáfora. Así que no hagas caso a los que dicen que para Platón la materia es mala… Lo que Platón está diciendo, creo yo, es que hay realidades más altas que las materiales; que el placer material inmediato supone una pérdida de libertad si no está en armonía con la unidad que somos, con todas nuestras dimensiones, si no está gobernada por la razón. Y además, Platón nos cuenta que nuestro lugar es la felicidad eterna de la contemplación —intelectual— del Bien en Sí Mismo. Ahí es nada, que diría un castizo.


[1] Miguel Pérez de Laborda denomina así al maestro de Platón, Sócrates. En este sentido, no está de más llamar al más sabio de los discípulos de Sócrates el segundo más sabio de los atenienses, si no es más sabio el discípulo del maestro. M. Pérez de Laborda, El más sabio de los atenienses: vida y muerte de Sócrates, maestro del filosofar, Rialp, Madrid, 2000.

Familias

¿Sabías que los padres de Sócrates se llamaban Sofronisco
—él— y Fenaretes —ella—? Eran de una pequeña población cercana a Atenas; él era escultor, o cantero, no está muy claro, y ella era comadrona, partera, en griego maietika, y aSócrates gustaba decir que su oficio era el de su madre, ayudar a dar a luz la verdad que está en nuestro interior; no imponer un conocimiento extraño al hombre, sino sacar de él la fuerza de la verdad.

¿Sabías que los padres de Platón se llamaban Aristón —él— y Perictione —ella—? Eran de una familia importante de Atenas, algo así como de Pamplona de toda la vida,con presencia y peso propio en la vida de la polis, y de he hecho a su hijo le habían destinado a la política; como los hijos de los poderosos se formaban con los sofistas, aquellos que enseñaban el arte de la retórica y a convertir el argumento más falaz en el más sólido, a Platón, que en realidad se llamaba Aristocles —Platón es un apodo por la anchura de sus espaldas— le tocó la suerte de caer en manos de un filósofo al que no le interesaba la apariencia de verdad en el debate sino la verdad misma. Era Sócrates, claro.

¿Sabías que los padres de Aristóteles se llamaban Nicómaco
—él— y Festis —ella—? Eran macedonios, de Estagira, y él era médico del rey Amintas III, padre de Filipo —el padre de Alejandro—, y luego de éste; se decía descenduiente de Asclepíades, y por tanto de Asclepio, la divinidad del arte médico; Festis también pertenecía a una familia de médicos, así que parece normal que Aristóteles heredase esa pasión por el conocimiento de los seres vivos. Como la relación familiar con la realeza macedonia era tan grande, Aridstóteles acabó convirtiéndose en preceptor de Alejandro Magno, pero más importante es de quién fue discípulo el propio Aristóteles: de alguien que le enseñó que es buen amigo Platón, pero más amiga es la verdad. Ese maestro se llamaba Platón. Claro que éste también había tenido un gran maestro...

Hacerse preguntas (y crecer)

Ayer hablábamos de esa cita de Lewis en La abolición del hombre sobre el objetivo del profesor: “no es el de talar árboles, sino el de irrigar desiertos”[1], y te comentaba que es la guía que sigo y lo que busco lograr en mi tarea docente, en toda la extensión de la palabra.
Todavía hay otra cita, esta vez del Gran Canciller de esta Universidad, Mons. Javier Echevarría, que complementa a la anterior, y que tengo, junto a la anterior, en mi mesa de trabajo, para no olvidarlo nunca. Se trata de unas palabras pronunciadas en una apertura de curso en una Universidad romana. En ese discurso se reflexiona sobre la naturaleza de la Universidad, y entre otras muchas cosas, puede leerse: “Espíritu y vocación universitaria quieren decir amor y humildad en la búsqueda de la verdad; capacidad de escuchar y de dialogar; lugares y tiempos adecuados para el estudio y la reflexión personales; saber reconocer el significado y el papel de la propia materia de enseñanza, estudio o de investigación dentro del conjunto; poseer una sensibilidad interdisciplinar adecuada, que nos haga ver la única verdad como la cima de un monte a la que es posible acercarse recorriendo caminos diversos, no raramente bastante fatigosos, pero animados todos por el mismo espíritu y dirigidos a la misma meta”[2]. <>
<>Amor, humildad, diálogo, reflexión, integración; la vida universitaria no es, no debe ser un empeño crear cabecitas chiquitas, especializadas, planas; la vida universitaria es un proyecto de vida, para siempre, mientras se es estudiante y siempre —porque el universitario nunca deja de ser estudiante, nunca deja de estudiar—. Y ese proyecto que es la vida universitaria es justo lo contrario de toda cerrazón: Universidad significa crecimiento personal.


[1] C. S. Lewis, La abolición del hombre, Encuentro, Madrid, 1994, 18.

[2] J. Echevarría, Discurso 5 de octubre de 1998, Romana, 14, 1998, 268.

Hacerse preguntas

Lewis dice en La abolición del hombre que el objetivo del profesor “no es el de talar árboles, sino el de irrigar desiertos”[1]. Me parece una frase maravillosa, y de hecho en gran medida es la guía que sigo como profesor, lo que intento.

Sin embargo hoy en día se pone mucho empeño desde las esferas de la reflexión acerca de la docencia en evitar que el alumno —es decir, el presunto estudiante— se plantee interrogantes, no vaya a ser que… ¿A ser qué?, me pregunto yo. Si precisamente eso y no otra cosa, es, a mi juicio, la docencia. Eso: conseguir que el estudiante se haga preguntas, se haga las preguntas, esas preguntas que yo no puedo responder por él. Que se haga capaz de sacar de sí mismo esa sabiduría de las dos o tres cosas importantes a las que todos estamos llamados. El profesor, como Sócrates mayéutico, ayuda a dar a luz, a alumbrar, a iluminar. Ayuda a que el alumno caiga en la cuenta de que no sabe —y ojo que caer a menudo implica hacerse un chichón—. Sólo sé que no sé nada, y si no sé eso, jamás podré conocer nada. Ésa es mi tarea: que el alumno salga de mi clase con preguntas, con inquietud, con inquietudes, con amor a la verdad, y sea así, mediante la inteligencia y el amor, dueño de sí mismo. Sólo quien se posee se puede dar. Y sólo el que se da es feliz. Que me perdonen los superexpertos en súper-nuevas-tendencias-educativas, pero la ecuación es tan simple como las que se hacían cuando —tiempos aquéllos, Señor— se aprendían mates en el cole



[1] C. S. Lewis, La abolición del hombre, Encuentro, Madrid, 1994, 18.

Maravilloso error

Maravilloso error: Sábado después de comer. Hoy, pese a ser sábado, hemos madrugado mucho —los niños no distinguen horarios de semana y fin de semana; no se sabe bien por qué, si a diario hay que despertarles a las 7,30 llega el fin de semana y a las 7 ya está despiertos—. Mi hijo de tres años no quiere irse a dormir la siesta, pero yo sí —bendito sábado—, así que, maravilloso error, le propongo irme a dormir en la otra cama que hay en su cuarto. “Así ya verás qué bien dormimos, en tu cuarto los dos”.
A él le hace tanta ilusión que me empieza a contar lo contento que está, que es la primera vez que dormimos la siesta juntos, que Javier, el de su clase, nunca duerme la siesta en el cole, y la profesora siempre acaba teniendo que regañarle; me habla de los inevitables Rayo McQueen y Winnie de Pooh, del tren de juguete, que también está durmiendo porque ha sido una mañana muy dura —yo pienso para mí: dudo mucho que le estés dejando dormir con tanta cháchara—, me habla de los tigres salvajes —supongo que para él también hay tigres domésticos, que viven en casa con sus amos y se dejan acariciar como Millán, el gato de los abuelos…—, intenta que le cuente un cuento. Al principio —y al final— le escucho encantado, pero luego decido que se tiene que callar, porque si no no vamos a poder dormir nada, y por mí casi prefiero quedarme oyéndole que dormir, pero si él no duerme la siesta a las 7 no va a haber quien le aguante, y su madre me va a echar una bronca… Así que le digo: ya está, a dormir, y luego me sigues contando cosas. Pero para él luego significa inmediatamente después, así que en cuanto me callo y cierro los ojos él sigue contándome sus maravillosas historias. Le digo que se calle, que se duerma, que me deje dormir porque papi está realmente muy cansado, que su madre le va a echar la bronca, que cierre la boca, que ya está bien, que se calle de una buena vez. Y me dice: “es que no puedo hablar en silencio”.

Primeros pasos

Estoy haciendo un curso de primeros pasos en el cole de mi hijo. Ha empezado primero de infantil —nuestro paradójico y escolarizado preescolar—, y para que no sólo se formen los nenes nos dan este curso a los padres. Interesantísimo. Lo mejor —de momento, llevamos sólo unas pocas sesiones— es que consigue desempolvar la ilusión por educar a nuestros hijos, esa ilusión que siempre está ahí pero que a veces se adormece por los afanes y las prisas de la vida. La educación de los hijos es la tarea más entusiasmante, cansada y divertida del mundo mundial. Y nadie, ni los abuelos, ni la chacha, ni el colegio, ni el Estado, pueden sustituirnos a mi mujer y a mí. Nadie. Y nada, ni el trabajo, ni las relaciones sociales, ni las aficiones particulares, ni Fernando Alonso, puede reemplazar la felicidad inmensa de estar con mis hijos, educarlos, aprender de ellos, hacerme mejor persona con ellos, gracias a ellos.
Luego llego a casa, pongo el teletexto, que es un chisme que me encanta, y veo que van a calzarnos la serie La familia mata. Desde luego, no será la mía.

Solus ipse

El otro día acabamos una teja diciendo que el verdadero problema humano no es la comunicación —pese a que conlleva innumerables problemas— sino que el problema es el solipsismo, y en realidad la capacidad comunicativa del ser humano supone una enorme —aunque imperfecta— solución a ese problema radical.
Solipsismo viene del latín solus ipse, literalmente uno mismo solo, en soledad; yo en la soledad absoluta, y el Diccionario de la Real lo define como “forma radical de subjetivismo según la cual solo existe o solo puede ser conocido el propio yo”. El colmo de la incomunicación: no hay en el Mundo nada más que yo, y si lo hubiera, no lo podría conocer, y si llegase a conocerlo, no podría entrar en comunicación con ello…
El solipsismo, en esta formulación filosófica tan radical, parece algo tan exagerado y lejano del sentido común como el nihilismo, el materialismo o el monismo. Sin embargo, el peligro de cierto grado de solipsismo nos acecha constantemente, y todos tenemos a menudo la sensación de estar solos, de que no nos entienden, de que nunca lograremos comunicar eso que tenemos dentro y que no somos capaces siquiera de decirnos a nosotros mismos de una manera articulada… A veces uno puede dejarse llevar por esta tendencia e ir, poco a poco, encerrándose en sí mismo, pero ese camino sólo conduce a la inevitable destrucción del ser humano, que, como decía Aristóteles, es zoon politikon, animal social, animal que vive en la polis, y no sólo en la polis, sino políticamente, socialmente: el ser humano no vive simplemente rodeado de congéneres, sino que necesita vivir en constante comunicación con los demás. Lo contrario, el solipsismo, es profundamente inhumano.

martes, 6 de noviembre de 2007

A x S

El tipo aquel se llamaba, pongamos por caso Ambrosio, y la que entonces era su novia, hoy madre de sus hijos, pongamos que Soledad. El era muy cívico, pero ya se sabe que el enamoramiento es una etapa de imbecilidad transitoria, como decía Ortega, y claro, nuestro personajillo estaba por aquel entonces locamente enamorado; o sea, que estaba hecho un pirado —actualmente ama a su mujer también con la cabeza—. Y en uno de esos típicos accesos de locura a Dios gracias transitoria, se le ocurrió reivindicar socialmente su enamoramiento, y se dirigió a una farola bien visible —sobre todo por la noche, en que aquella farola estaba bien iluminada por su propia bombilla brillando en lo alto— y pensó en poner un enorme A, un corazón y una tierna S mayúscula grande y esbelta. Pero se dijo: “Seamos modernos por una vez”, y cogiendo el rotulador puso la A, una X y la S, queriendo significar Ambrosio por Soledad. Pero no calculó que había puesto, literalmente “a por ése”, algo así como un grito incitando al linchamiento de ése, de ése que pasara por allí. A por ése, a por ése, que no escape, no le dejéis, atrapémosle y démosle su merecido.

Su pintada le pasó factura —ya dice el bueno de Sócrates que es peor cometer la injusticia que sufrirla— y hubo quien cumplió lo escrito y fue a por ése, precisamente a por ése, a por Ambrosio, y no le dejó escapar: Soledad. Ahora él está cambiando un pañal a su hijita mientras Sole da el desayuno al mayor. Le está bien empleado, por hacer gamberradas.

Decíamos ayer

Me dicen: tienes que cambiar ese ayer con el que empiezas siempre las tejas, porque en realidad sería ayer cuando lo escribiste pero no es ayer del día en que se emite…

En realidad, tú y yo sabemos bien que tampoco fue ayer del día en que me puse a escribir esa teja; que cuando digo ayer es para reunir todo el pasado en lo más reciente, lo que es casi presente, no lo que no está olvidado y muerto, sino aquello que, en cierta manera, continúa aquí al ladito… Es un recurso poético, si quieres, un salirse de los detalles temporales precisos, que dan igual, y situarse en un tiempo universal, para contar una experiencia que pretende tener una semilla eterna, válida para siempre, para todos…

Tal vez te acuerdes de aquello del clásico español, que después de cinco años en prisión —injusta claro, como acabó por probarse— retornó a sus clases y retomó la lección diciendo: “decíamos ayer”.

Del diario de José Buey (II)

Soñaba con ser organista en una catedral; tal vez una catedral muy menor, de segunda, incluso el suplente del organista oficial, y soñar allí, sobre el órgano, melodías imposibles, nuevas, únicas; dejar volar la imaginación y la creatividad y el talento sobre las teclas y los registros, tal vez para mí solo, en la fábrica vacía y resonante, o llena de dos viejas y su silencio bisbiseante, en penumbra, y convertirme en cantata y ser libre al fin...

De repente me di cuenta de que eso ya lo había soñado Bach, y también la extrema pobrez, y los 20 hijos, y la mujer, y la fe inmensa como un a cordillera nevada al amanecer. Y tal vez esa ase la clave.

Del diario de José Buey

Estoy parado en un semáforo. Da igual porque hay tal atasco que voy a llegar tarde de todas formas. Cuando se abra el semáforo seguiré parado, porque los coches de delante no habrán podido avanzar. Asco de ciudad, asco de lluvia. Aquí encerrado, en esta vida, con este asco de trabajo en el que nadie me valora, porque no valgo para ello, sin poder escribir nada interesante, sin dinero para comprar ni un maldito libro, sin que a nadie le interese nada de lo mío ni lo más mínimo, tirando al water mi talento, asco de vida mediocre, ninguneado por los jefes, esos imbéciles, ignorado por todos. Ni yo me valoro ya.

Pasa por delante de mí, por el paso de peatones, mientras sigo parado en el semáforo, un chico deficiente, deforme; un negro con su sábana llena de cedés y de bolsos de imitación y de sueños frustrados por las mafias y las leyes de extranjería, la chica de 20 con cáncer, el heroinómano.

Mi mente se queda callada.

Detener el corazón

Se me ocurre: nuestro corazón camina, avanzamos, retrocedemos, volvemos a avanzar. Siempre en camino. El hombre es una tarea, somos in fieri, que decían los antiguos; la libertad es don y conquista, y por eso, por más que no lo crea el tío Josemari, podemos —¡y debemos!— crecer en libertad. Somos homo viator, hombre-en-camino, que decían los monjes medievales, y por eso se retiraban a sus conventos y monasterios, alejados de lo que a ellos pudiera apartarlos del camino —a ellos, no a todos—. O como decía el anuncio de colonia, “la vida es un viaje”. Por eso tantas metáforas de la vida en la literatura con forma de viaje: desde la Odisea hasta El señor de los anillos y su periplo por la Tierra Media —no es casual que el mundo se llame, en la epopeya de Tolkien, precisamente Tierra Media: la que está entre medias, a medio camino; las tierras de penumbra de que habla su amigo Jack Lewis...—.

Pero todo viaje termina, porque si no, no es un viaje, sino un naufragio. Y el asunto está en dónde nos detenemos, dónde detenemos nuestro corazón. Dónde tocamos puerto, nuestro puerto; dónde hemos llegado cuando hemos llegado a casa. La vida, como todo lo humano, es un viaje tan paradójico que se puede estar en camino y ya haber llegado...

A la vida

Nace Almudena y te preguntas: “¿dónde traerá el libro de instrucciones?”. Justo antes de darte el alta y mandarte a la vida real, a casa con un bebé, la pediatra te da las primeras recomendaciones del alma, manual para las nuevas criaturas: no fumar delante de ella; el pecho, a demanda; en el coche, ni se os ocurra llevarla en brazos; dormir, siempre boca arriba y ladeando sucesivamente la cabeza a un lado y a otro, para que se forme bien la calota; vitamina D una vez al día.

Ala, a la vida. Con esas instrucciones y con el consolador engaño o engañoso consuelo de un “si hay cualquier cosa, si tenéis cualquier duda, me llamáis”, que los padres quieren creer, al que los padres se aferran inconscientemente conscientes de que no hay ni habrá más instrucciones de uso de Almudena, por más que se llame a la pediatra a las tres de la tarde o a las cinco de la mañana...

Eso es todo: cómo llevarla en el coche, cuándo darle el pecho, no fumar... Esas son las únicas instrucciones para la nueva vida. Ahí se agota el manual. Pura anécdota.

Almudena es una novedad tan radical —nunca ha existido ni volverá a existir otra Almudena— que no hay normas genéricas... La vida es un misterio. Cada persona es un Mundo. Ala, a la vida.

Almu

Novedad radical. Primer día de la Creación. Nuevo Mundo. Estrellas que nacen, bóveda celeste, aguas de arriba y de abajo. Luz y tinieblas. La semana y las aves del cielo y los cetáceos y las pécoras del campo y las semillas según su especie. Hierba que se despereza en la primera aurora, bajo el primer rocío. Adán que pone nombre a los animales. La brisa y el sol del primer mes de enero.

Un Mundo ha nacido. Ha surgido una novedad radical. Se reedita la Creación entera, totalmente novedosa. Surge la humanidad. Todo vuelve a nacer.

Hoy ha nacido Almudena.

Kant desayunando con mis amigos

Ocho de la mañana. Desayuno familiar antes de que la mayor se vaya al cole —este año ha empezado preescolar—.

—La madre: “Lara, me ha dicho papá que ayer lloraste cuando te dejó en clase y se fue”.

Lara: “Sí”.

—La madre: “¿Y te parece bien?”

—Lara: “Sí”.

—La madre: Pero no hay que llorar, no pasa nada, en el cole te lo pasas guay, y luego vienes encantada por la tarde…”.

—Lara: “Ya”.

—La madre: “Entonces, ¿hoy no vas a llorar cuando se vaya papi?”.

—Lara, con su pelo revuelto, un lazo azul enorme en lo alto de la cabeza, una sonrisa de oreja a oreja: “Se va papá, hay que llorar”.

Pienso en el imperativo categórico kantiano: “Hay que cumplir la norma no porque sea buena, sino porque es la norma”. Kant; una niña de tres años… “Se va papá, hay que llorar”.

Smoke sellers

Me quedé fascinado con él. Yo le conocía de vista y sabía que tenía mucho prestigio, y alguna vez nos habían presentado. Nada más; si acaso el típico hola y adiós de encuentro de pasillo. Aquel día habíamos estado escuchando la misma conferencia, y por coincidencias de la vida nos tocó sentarnos al lado a la mesa. A mí me había convencido la conferencia, pero él empezó a demostrar todas las contradicciones, puntos débiles, tópicos no analizados, incoherencias, en las que había incurrido el conferenciante. “Estos tíos son smoke sellers”,acabó diciendo. Yo me quedé perplejo. Todo lo que acababa de señalar era cierto. Me habían engañado como a un chino, y gracias a él me caía por fin del guindo. “Qué tipo tan listo —pensé—. Es que las clava. Se da cuenta de cosas que a todos se nos han pasado. Ha dado en el clavo”. Sin embargo, había un regusto extraño en mi mente, algo que no acababa de cuadrar. Nos despedimos y cada cual siguió su camino, y sólo varios días más tarde caí en la cuenta: no llevaba corbata. Con todo su golpe de gran profesor, con toda su capacidad intelectual y su bagaje tremendo, había sido incapaz de ponerse corbata para asistir a aquel congreso tan importante. Y todo cuadró: la manera hiriente en que había criticado al conferenciante, el desprecio hacia todos esos smoke sellers, sus risas hacia los que habíamos picado y nos habíamos dejado embaucar por planteamientos tan pobres…

A veces, algo tan pequeño como la corbata se convierte en señal de alarma. Tal vez la forma no sea algo accesorio al fondo; tal vez el fondeo se manifiesta en la forma.

Sólo faltaba

Ahora salen pidiendo que se respete la ley de memoria histórica igual que la beatificación de los mártires españoles que se celebró hace unos días.

Ése es el error. No hay simetría entre uno y otro acto. No se puede pedir el mismo respeto. Quien no es miembro de la Iglesia Católica tiene poco que decir sobre las medidas internas que toma la Iglesia Católica. Por supuesto, puede decir lo que quiera, pero realmente una beatificación es una medida interna: no impone nada a nadie; se limita a presentar a la sociedad lo que considera un ejemplo de vida. Ahora bien: una ley promulgada por el Gobierno es algo que nos obliga a todos: católicos, protestantes, del Betis o bebedores de cerveza. A todos. De modo que no estamos hablando de realidades parangonables cuando hablamos de la ley de memoria histórica y de la beatificación de los mártires de la Guerra Civil. Estamos en esferas distintas, inconmensurables. Pedir esa equiparación por parte de quienes están en el poder supone una conculcación de la aconfesionalidad del Estado, precisamente en la medida en que equipara algo que obliga a todos con algo que se refiere a unos determinados miembros de la sociedad que confiesan una religión determinada y que pertenecen a una Iglesia determinada.

Estaría bueno que la Iglesia no pudiese hacer público lo que le dé la gana, o proponer a la sociedad como ejemplo lo que le dé la gana. Sólo faltaba. O ¿es que sólo van a tener derecho de expresión los progres? Ahora bien: lo que hace y dice la Iglesia no tiene absolutamente nada que ver con lo que hace o dice el Gobierno. Sólo faltaba que tengamos que darle el mismo tratamiento político a una decisión de unos señores particulares que no violan ninguna ley y a una ley que se me impone y que encima es injusta, contraproducente y totalmente interesada. Sólo faltaba.

Intereses creados

Quedo con un amigo a tomar un café. Es un amigo de verdad, así que nos contamos la vida sin complejos. Me dice: “La vida está fatal, así que mi mujer se ha puesto a trabajar”. “¿Y el bebé?”, le preguntó. Contesta: “Lo cuida una señora del Este que hemos contratado. Pero para que la criatura no se críe sin su madre, mi mujer ha cogido un trabajo de media jornada. La verdad —prosigue— es que prácticamente se va todo su sueldo en pagar a la chica…”. Y sigue: “como ella necesita el coche para ir al trabajo, que está muy en las afueras, he pedido un crédito para comprarme un moto y poder ir yo al trabajo. Así que estamos que no llegamos a fin de mes…”.

Me sigue hablando pero me he quedado encasquillado con la mente: como andan justicos de dinero, ella se pone a trabajar, pero se le va el sueldo en pagar a una mujer que le cuide a la niña, y encima él se queda sin coche así que se compra una moto y resulta que desde que su mujer trabaja fuera están todavía peor de dinero… Verdaderamente en esta sociedad nuestra andamos siempre metiéndonos en una trama de complicaciones vitales que nos hemos creado a nosotros mismos, y cada paso adelante conlleva una serie de problemas que intentamos solucionar creándonos nuevos problemas… Qué mundo, éste…

Vuelvo en mí; pongo cara de que estoy siguiendo la conversación, pero él me conoce bien, y, por eso, antes de irse, me dice: puedes contarlo en las tejas, si quieres; no me importa, somos amigos…

Epikeia

Hay pocas cosas que dan tanta sensación de torpeza como unas mangas excesivamente largas. Seguro que sabes a lo que me refiero; seguro que has visto alguna vez a alguien con un buen traje o con una chaqueta bonita, pero a quien le quedan largas las mangas y se le vienen hasta la mitad de la mano, y seguro que, inevitablemente, te ha dado una mala impresión, como de inseguro, torpe, el típico sujeto que se deja arrastrar por las circunstancias en vez de conducirlas él; y eso que, tal vez, sea un sujeto muy válido y competente y no se deje arrastrar por las circunstancias; tal vez sea uno de esos tipos que no pierden nunca su tren porque son ellos mismos quienes lo conducen, pero, con esas mangas excesivamente largas, la imagen que dará será siempre la contraria…

Eso respecto de las mangas largas, porque, por lo que respecta a las mangas anchas, la realidad es muy otra, y perdóname que haga este juego y me saque de la manga la referencia, no a las mangas reales, sino a las metafóricas mangas anchas. La manga ancha da, justo al revés que la manga larga, una sensación de seguridad, de control de la situación, porque sólo quien controla puede ser magnánimo, generoso, tener manga ancha. Es lo que los griegos llamaban epikeia, esa humanización de la ley que permite ser justo más allá de los estrechos límites de la legalidad. Es el fuori legge de los italianos, el “este tenderete de pannetone no tiene licencia, pero tampoco es plan dejar a este buen hombre sin poder dar de comer a sus hijos”… La justicia es mucho más amplia que la ley, entre otras cosas porque la mayoría de las leyes no pasan de ser meras reglamentaciones humanas, arbitrarias; necesarias, sí, pero aleatorias. Porque bien podría haber sido el verde el color que indicase detenerse en los semáforos y el ámbar el de continuar… En cambio la justicia no es arbitraria: radica directamente en la índole real de las cosas. Quien es justo —que es aquél que obra la justicia— sabre obrar con justicia más allá de lo que indica la ley; el justo tiene epikeia. Pero para saber todo esto es preciso ser justo. Ya se planteaba Aristóteles el paradójico círculo virtuoso: “¿qué es la justicia? Lo que hace el hombre justo; y ¿quién es un hombre justo? El que obra la justicia”.

Educación Mágica

Por fin han aparecido las gafas del profesor Dumbeldore —que por cierto, son de mi abuela, que se las presta al sabio e insigne mago—. Estaban —las gafas— en mi coche, en el hueco ése que suele haber en las puertas, abajo, para dejar el mapa o los cedeses. Se conoce que se había dejado allí las gafas Dumbeldore cuando le llevamos a tomar cuajada a la Ulzama, para aprovechar y hablar allí, al calor de la chimenea y ante el panorama de las hayas y los robles en el esplendor del otoño, de la remodelación de los planes de estudio en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. La famosa convergencia a Bolonia, el famoso Espacio Europeo de Educación Superior: hay que determinar los créditos europeos de cada asignatura, fijar los objetivos de competencias y habilidades que los alumnos deben adquirir, por ejemplo, en Curso Monográfico de Pociones —si con esta asignatura el alumno conseguirá vencer a Voldemort o a Humperdinck, o si sólo le valdrá para ensuciarse la ropa—; hay que fijar la metodología —que no es igual enseñarla en el laboratorio de conjuros que en el campo de quidditch; mucho mejor en el campo, que al final cada año el Colegio acaba pagando una pasta en reparar los destrozos de los maguitos en el laboratorio; aunque digo yo que ya podían repararlo todo con un hechizo o una poción, y se podría convalidar como créditos prácticos—.

Claro que otro problema que despachamos también es si cada asignatura se queda así, con ese nombre, o si hay que integrarla en otra asignatura, si corresponde a alguna materia básica, área temática, módulo especializado, rama de conocimiento, árbol genealógico…

El bueno de Dumbeldore se tomó la cuajada —que le encantó—, se mareó, lanzó unos fuegos artificiales muy azufrados para descargar su tensión y acabó por perder las gafas. Ah, Bolonia, Bolonia, y el bueno de Dumbeldore… Ah, este trabajo mío en el Ministerio de Educación Mágica[1].



[1] Lo de educación mágica quiere venir a significar algo así como que la educación ésta que se nos impone-implanta es cosa de brujas, pura fábula, sortilegio, ensalmo, conjuro.

Mujeres corcho y mujeres plomo

El sabio doctor Lucas suele decir que hay mujeres plomo y mujeres corcho. Las mujeres plomo son las que irremisiblemente te hunden, y las mujeres corcho son las que, pase lo que pase, consiguen sacarte a flote. El sabio doctor Lucas recomienda siempre a sus alumnos que busquen mujeres corcho y que, cuando encuentren una, se agarren bien a ella. Sabio consejo.

También se podría decir que hay hombres plomo y hombres corcho, pero creo sinceramente que la mujer arrastra mucho más al hombre que el hombre a la mujer. Me van a llamar fascista, pero no me importa; no es la primera vez que me lo llaman. Y es que creo que un hombre puede, evidentemente, influir, para bien o para mal, en una mujer; sin embargo una mujer siempre influye muchísimo en su hombre. Qué raros mis amigos creyentes que han seguido siéndolo tras ponerse a salir con una chica progre… Qué frecuentes en cambio los que eran muy progres y liberados, algunos incluso pasotas a la antigua, o tal vez ácratas, que cayeron en las redes de una buena chica, de una chica con valores, y poco a poco fueron siendo atrapados. No sé: será cuestión de los cromosomas X e Y…

Homos

El género Homo, al que según los paleontólogos y los antropólogos pertenecemos, apareció sobre la Tierra hace 2,5 millones de años. La primera especie de este género es conocida como Homo habilis. A esta especie le sustituyó la denomina Homo erectus, hace 1millón y medio de años. Una o más subespecies del Homo erectus evolucionaron hasta llegar al Homo sapiens, cuyos restos más antiguos datan de entre hace 250.000 y 50.000 años. Su primera manifestación se llama Homo sapiens neanderthalis: el hombre de Neanderthal. Éste desapareció bruscamente hace unos 35 mil años, y su lugar fue ocupado por el Homo sapiens sapiens, la especie a la cual pertenecemos los seres humanos tal y como ahora somos. Los restos más antiguos de esta rama están fechados entre el 50.000 y el 40.000 antes de Cristo.

La historia del hombre y sus parientes es larga. Millones de años hasta llegar al homo sapiens sapiens, el que conoce, el sabedor. La pena es que, tras tantos esfuerzos de la evolución, tantos se hayan quedado millón y medio de años atrás, en el nivel del homo erectus.